«El sentido de un final», Julian Barnes

“Sigo pensando que la literatura es la que cuenta la verdad humana, la del corazón y el espíritu».

La novela que vamos a analizar “El sentido de un final“ es una de las obras más elogiadas del flamante Premio Princesa de Asturias de las Letras 2026, el autor inglés Julian Barnes,  considerado una de las mayores revelaciones de la narrativa inglesa de las últimas décadas,  por concebir el lenguaje como la mejor herramienta para comprender la realidad. «El sentido de un final»  ha obtenido numerosos reconocimientos, entre ellos  el prestigioso Premio Británico de Literatura Man Booker en 2011, por concentrar las ideas más importantes de su trayectoria  literaria.

Una de esas ideas sobre las que reflexiona el autor es la dificultad que tiene el ser humano de rememorar  su  pasado con la intención de llegar  a una verdad objetiva  (en el caso de que exista),  debido a los cambios que el paso del tiempo  opera en las personas; en la búsqueda, será la memoria, la herramienta que nuestro protagonista, Anthony Webster,  de 60 años,  utilizará para desentrañar hechos del pasado dormidos en su subconsciente pero imprescindibles para comprender su presente.

Un  hecho fortuito, una carta,  obligará al protagonista de la novela, ya jubilado,   a revisar momentos de su adolescencia y juventud, poniendo de  manifiesto que la memoria es  selectiva, y que el paso del tiempo que nos moldea, opera en nosotros cambios tan significativos que nos mueven  a olvidar  hechos, actitudes, palabras y comportamientos,  para evitar, quizá, ocultos remordimientos. Anthony, al que llamaremos Tony,   rememora los  años de colegio y a su  grupo de amigos,  enfrascados todos ellos en buscar  respuestas filosóficas, a  enigmas como el amor, el sexo, la amistad, la muerte o el suicidio; ellos son Tony, Alex y  Colin, trío lleno de inquietudes y un tanto pretencioso,  al que se unirá un cuarto miembro, Adrian Finn, joven cuyo nivel intelectual y  fuerte personalidad lo convertirán  en  líder intelectual del grupo. Tenía un cerebro mejor y un temperamento más riguroso que yo; pensaba lógicamente y después actuaba en consonancia con las conclusiones del pensamiento lógico. Mientras que casi todos los demás, sospecho, hacíamos lo contrario: tomábamos una decisión instintiva y luego construíamos una infraestructura racional para justificarla. Y llamábamos sentido común al resultado. Será Tony,   quien   en primera persona,  intentará recordar  40 años después, vivencias de su adolescencia que permanecen en penumbra y le hacen dudar de la objetividad de su relato…¿Cuántas veces contamos la historia de nuestra vida? ¿Cuántas veces la adaptamos, la embellecemos, introducimos astutos cortes? Y cuanto más se alarga la vida, menos personas nos rodean para rebatir nuestro relato, para recordarnos que nuestra vida no es nuestra, sino sólo la historia que hemos contado de ella. Contado a otros, pero sobre todo a nosotros mismos…; mientras los repasa va ensartando entre ellos retazos de su vida adulta,   de su vida de pareja,  de sus renuncias, de su conformismo,  de su vida anodina, para pasarlos por el tamiz de la reflexión… Una vez más, debo recalcar que ésta es mi lectura actual de lo que sucedió entonces. O, mejor dicho, mi recuerdo ahora de la lectura que hice entonces de lo que estaba sucediendo.

Las reflexiones y argumentos son desde su adolescencia el método utilizado para  escudriñar  los más variados temas que conformaban  su  vida de estudiante: el amor  y el sexo…Conocías a una chica, te atraía, intentabas caerle en gracia, la invitabas a un par de actos sociales, luego le pedías que saliera contigo sola, y entonces, después de un beso de despedida de un ardor variable, estabas en cierto modo oficialmente «saliendo» con ella. Sólo descubrías cuál podía ser su política sexual cuando estabas semipúblicamente comprometido con ella…; la muerte…Camus dijo que el suicidio era la única cuestión realmente filosófica…(…)…Consideramos que [el suicidio de] Robson nos había dejado –a nosotros y al raciocinio serio- en la estacada…, su acción no había sido filosófica sino autocompasiva y nada artística: errónea…; la Literatura… La auténtica literatura trataba de la verdad psicológica, emocional y social tal como la mostraban las acciones y reflexiones de sus protagonistas; la novela versaba sobre el carácter desarrollado a lo largo del tiempo…; la Historia… La historia es la certeza obtenida en el punto en que las imperfecciones de la memoria topan con las deficiencias de documentación» (Adrian)…(…) Las mentiras de los vencedores…(Tony) (…) Los autoengaños de los derrotados…(su profesor) (…) La historia no son las mentiras de  los vencedores sino los recuerdos de los supervivientes muchos de los cuales no son vencedores ni vencidos, (Rectificación del Tony); así como los temas que definían  su vida de adulto: su pasividad e inacción … En los términos de Adrian, yo renuncié a la vida, desistí de estudiarla, la tomé como venía. (…) Había perdido a los amigos de mi juventud. Había perdido el amor de mi mujer. Había abandonado las ambiciones que tuve. Había querido que la vida no me molestara demasiado, y lo había conseguido; y qué lamentable era; el paso del tiempo y las mudanzas que lleva a cabo en uno mismo y en la sociedad; y la memoria como capacidad mental para recuperar información a lo largo del tiempo y construir  la identidad personal… La memoria no es más que una reconstrucción del pasado variable con distintas versiones que se adaptan a los cambios que se van operando a lo largo del tiempo en nosotros mismos.

La novela está estructurada en dos partes, no tan diferenciadas,  pues en ambas los recuerdos del pasado vienen y van sin orden alguno. En la primera parte, Tony se dedica a describir la relación que mantenía con profesores y compañeros del colegio  y especialmente con Verónica, su novia de juventud, joven de fuerte personalidad con la que no se encuentra seguro de sí mismo, adaptándose a sus deseos sin comprender muy bien las  «reglas  del juego» como pareja. En la segunda parte de la novela, la  versión subjetiva de su adolescencia que su memoria fue fabricando a lo largo del tiempo, se verá espoleada por un  hecho determinante, una misteriosa herencia,  un sobre con dinero y  una carta,  en la  que se le comunica una trágica noticia, la muerte de Adrian, enviada por Susan Ford, madre de Verónica. Su lectura  despertará en él recuerdos  de juventud fuera de su control, reprimidos en el inconsciente,   que cambiarán la percepción que tenía de sí mismo y que  le harán no reconocerse en  la carta que envió a Adrian al saber que salía con Verónica, desestabilizando su  pacífica vida y  haciéndole  enfrentarse a su pasado desde otra perspectiva, la del remordimiento… Releí la carta varias veces. Difícilmente podía negar su autoría o su fealdad.(…) En realidad, no reconocí a la parte de mí mismo de donde procedía la carta. Pero quizá fuese simplemente otro autoengaño.(…) Y así, por primera vez, empecé a sentir un remordimiento más general —algo entre la compasión y el odio a mí mismo— por toda mi vida. Por toda. Tony revive los recuerdos de aquella amistad y decide buscar a Verónica,  causante de la vieja ruptura y  única testigo que puede arrojar luz sobre lo que sucedió en aquellos días de juventud. Los turbulentos encuentros con Verónica y los e-mail que intercambian, le llevarán a descubrir una verdad demoledora, que ratificará  la frase  “No te enteras de nada”, tantas veces escuchada de su boca.

El relato de Tony adquiere un tono íntimo, confesional, casi un soliloquio; nos  muestra su mundo interior sin reservas ni complejos, contándonos lo que “recuerda que sintió” en su época juvenil. Y nos elige a nosotros los lectores como confidentes a través de múltiples  llamadas de atención. En su cabeza resuenan las palabras de Margaret,  su exmujer, repitiendo la frase, “ahora estás solo”. Pero Tony no está solo; nos tiene a los lectores, interlocutores silenciosos de sus desahogos… Sí, puede que ustedes se repitan: pobre infeliz. ¿Y seguiste creyendo que era virgen cuando te desenrollaba un condón…, intuyendo que conoce  nuestro  modo de pensar…, (…)Es probable que supongan que estoy postergando la narración del siguiente fragmento… (…) Los lectores podrían pensar que esto son patrañas, patrañas de sermón y justificaciones de uno mismo. Podría pensarse que me porté con Verónica como un típico macho inmaduro, y que todas mis «conclusiones» son reversibles…, y que compartimos con él experiencias de juventud… Así que «no está bien» tenía una fuerza persuasiva e irrefutable más grande que cualquier apelación a una doctrina religiosa o a un consejo materno. Puede que ustedes se digan: pero ¿no eran así los sesenta? Sí, pero sólo para alguna gente, sólo en determinadas partes del país; y a veces siente la necesidad de aclarar determinados lugares comunes… Si me permiten una breve lección de historia: mucha gente no vivió «los sesenta» hasta los setenta. Lo que quería decir, lógicamente, que la mayoría de la gente en los sesenta estaba experimentando los cincuenta o, en mi caso, fragmentos contiguos de ambas décadas. Lo cual embrollaba bastante las cosas.

Además de las constantes llamadas al lector, el cúmulo de herramientas estilísticas que el autor utiliza, rompen  con la narrativa tradicional y le permite reflejar la complejidad humana,  obligando   al lector a una reflexión activa, a acompañar al personaje en sus conflictos y  dilemas morales. De todas ellas destacaré las preguntas retóricas que conllevan su verdad implícita e invitan a la introspección… Adrián decía que el motivo de su carta era pedirme permiso para salir con Verónica. Sí, ¿por qué ella y por qué entonces?; además ¿por qué pedir permiso?; el juego polifónico, por el que Tony, se apropia de los argumentos que cree expondría otro personaje, -en nuestro  caso Verónica-, hablando a través de sí mismo como si fuese un ventrílocuo… (…)Tras haber llegado a esta explicación provisional, aguardé hasta la noche, cené, me serví una copa adicional de vino y me senté con el sobre. En él no estaba escrito mi nombre: ¿quizá otra prueba de que ella podría desmentirlo? Claro que no se lo di. Tampoco nos vimos. Él es sólo una plaga electrónica, un fantasioso, un acosador cibernético calvo; el  desdoblamiento de  conciencia, haciendo que Tony,  se separe de  su “yo” y se aleje de sí mismo a través del ”tú”… Ahora lo único que te queda por hacer es no padecer alzhéimer y acordarte de dejarle todo el dinero que tengas. Y podrías intentar superar a tus padres y morirte cuando el dinero le sea realmente útil. Estaría bien para empezar; la digresión,   con la que rompe el hilo del discurso para dar información ajena al tema, presentándola como  intranscendente e innecesaria para el relato.

(…) Ahora estoy jubilado. Tengo mi piso con mis pertenencias. Mantengo la relación con unos cuantos amigos de copas y tengo algunas amigas, platónicas, por supuesto. (Y que tampoco forman parte de esta historia).

(…) Cuando escribí a Adrian, ni yo mismo sabía claramente a qué me refería con lo de los «abusos». Y sólo lo tengo un poco más claro casi una vida entera después. Mi suegra (que felizmente no figura en este relato) no me tenía en gran concepto, pero al menos fue sincera conmigo, como era en la mayoría de las cosas.

(…) Además en mi vida más vacía surgían diversas ideas que yo llamaba proyectos. Ninguno de ellos llegó a realizarse. Bueno esto no viene a cuento ni forma parte de mi relato.

Y por último destacaré un recurso que sumado a los ya citados,  habla de la maestría extraordinaria del autor;  me refiero a la teatralidad interna, es decir, la escenificación de sus preocupaciones, que potencian la dramatización de  un hipotético juicio en el que se juzgara su actuación juvenil….(…) Aunque si compareciese ante un tribunal, dudo de que saliera muy airoso del interrogatorio. «Y sin embargo ¿afirma que ha reprimido ese recuerdo durante cuarenta años?». «Sí». «¿Y que sólo ha resurgido recientemente?». «Sí». «¿Puede explicar por qué ha resurgido?». «No, la verdad». «Entonces permítame decirle, señor Webster, que este supuesto incidente es un puro producto de su imaginación, (…) «Sí, quizá. Pero…». «Pero ¿qué, señor Webster?».

Las herramientas estilísticas enumeradas  definen la gran creatividad  y pericia del autor para penetrar en lo más profundo del alma  humana a través del flujo de la  conciencia del  protagonista, logrando que represente sus pensamientos y recuerdos según llegan a su mente. Y todo ello con el tinte del humor británico, irónico y sutil que nos hace sonreir en medio de profundas reflexiones…

(…) El padre de Verónica tenía un Humber Super Snipe. Los coches ya no tienen nombres así, ¿verdad? Yo tengo un Volkswagen Polo. Pero Humber Super Snipe eran palabras que salían de la lengua con tanta fluidez como «el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

(…) Pero ahora me encuentro sublevado contra mi propio… ¿qué? ¿Convencionalismo, falta de imaginación, previsión de desengaño? Además, pensé, aún conservo los dientes.

(…) Sólo descubrías cuál podía ser su política sexual cuando estabas semipúblicamente comprometido con ella. Y a veces esto significaba que custodiaba su cuerpo tan celosamente como una zona de exclusión pesquera.

Julian Barnes, invita al lector a distinguir entre las sombras, los borrosos recuerdos del protagonista y a acompañarle a la hora de buscar en su memoria una verdad objetiva, dormida en algún lugar del subconsciente. Tony contrasta la realidad que le ha sobrevenido, con su experiencia interna, contraponiendo la realidad objetiva, -tal como es en sí misma-, a la realidad subjetiva, -tal como la percibe-. La novela exige una lectura atenta y comprometida que nos obligará a volver los ojos a nosotros mismos para, como Tony, revisar nuestra vida y explicarnos cuestiones del presente que nacen de indicios inconscientes del pasado… La vida no es sólo una suma y resta. Es también la acumulación, la multiplicación de pérdidas y de fracasos.

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