El sábado 15 de Noviembre de 2025, aterrizamos a las 21 h. en al aeropuerto internacional de Luxor tras 5h. de vuelo con la emoción de conocer Egipto y su fascinante civilización milenaria; una vez recogidas las maletas, buscamos el nombre de nuestra agencia Galaxia Club Mundial entre las numerosas pancartas que exhibían los delegados de las agencias. Había un coordinador general que no daba a basto a repartir turistas entre los diversos guías, por lo que las voces en árabe, el movimiento de turistas de un lugar a otro y las quejas de muchos, provocaron una gran confusión a la salida del aeropuerto. Nuestro guía no apareció y nos agruparon con otros turistas en un autobús que nos llevaría a la motonave en la que realizaríamos el crucero, anclada a orillas del Nilo; este trasiego duró alrededor de una hora. El autobús que nos asignaron llevaba turistas de tres motonaves y las maletas de todos. Cuando llegamos a la primera, bajaron los que allí se hospedaban y no hubo ningún problema, pero al llegar a la segunda motonave apareció un séquito de maleteros que se llevaron todas las maletas, las propias y las ajenas. Al darnos cuenta bajamos rápidamente del bus para detenerlos pero ya era tarde. Tuvimos que ir a buscarlas nosotros pues lógicamente los mozos no reconocían las maletas de cada uno. Cuando llegamos a nuestro barco eran las 24,30 h. y estábamos agotados; menos mal que tuvieron el detalle de dejarnos una cena ligera en la habitación.



Al día siguiente, domingo nos levantamos a las 5 de la mañana para visitar el VALLE DE LOS REYES, una necrópolis del antiguo Egipto, donde se encuentran las tumbas de la mayoría de faraones del Imperio Nuevo (dinastías XVIII, XIX y XX), un lugar en el que disfrutamos del silencio porque el grueso de turistas aún no había llegado; así pudimos ver el amanecer, las montañas de arena doradas por un sol que cubría las tumbas y la colina con forma de pirámide, que domina el valle. Visitamos tres hipogeos ( nombre dado a las galerías subterráneas o a pasajes excavados bajo tierra con funciones funerarias), entre los que destacaré la tumba de Merenptah, ( KV 8), la de Ramsés III ,( KV 11), la de Ramses IV (KV 2) y la de Tutankamon (KV 62) para la que tuvimos que sacar ticket aparte ya que exhibía en su interior el cuerpo momificado del faraón. Es increíble la belleza de las paredes de los accesos a las tumbas, los dibujos de contornos marcados, la infinidad de utensilios domésticos y animales plasmados, las profusas escenas de ofrendas y los murales, relieves y jeroglíficos que narran el viaje del faraón al más allá y su unión con los dioses. Los colores intensos de techos y paredes que aún se conservan en tumbas como la de Ramsés IX (KV6) o Seti I (KV17) exhiben un detallismo exquisito tanto al plasmar la temática funeraria que representa al faraón junto a otras deidades (Ra-Horajti, Osiris, Isis, Anubis), como la temática religiosa que muestra textos religiosos de importantes libros funerarios.




Desde allí nos transladamos al TEMPLO DE HATSHEPSUT, reina-faraón de la dinastía XVIII de Egipto y quinta gobernante de dicha dinastía; reinó de 1513-1490 a. C., y llegó a ser la mujer que más tiempo estuvo en el trono de las «Dos Tierras«, gobernando durante 22 años. El templo está considerado la obra más representativa de la arquitectura funeraria del Imperio Nuevo, y el monumento egipcio cuyo estilo se acerca más al de la arquitectura clásica. Subimos por las tres terrazas escalonadas conectadas por una gran rampa central, que en la antigüedad estaba flanqueada por jardines de plantas exóticas y árboles de incienso y mirra; con una temperatura de 35 grados llegamos a las magníficas columnatas, que alcanzan los treinta metros de altura y que están precedidas por estatuas osiríacas; en la zona nordeste del templo, está la capilla de Anubis, con columnas de estilo protodórico (columnas acanaladas de sección circular, similares a las dóricas griegas) y en la zona sudeste del templo, la capilla de Hathor, diosa del amor, la alegría, la música y la maternidad. Se la representa con orejas o cabeza de vaca, simbolizando su instinto maternal; los pilares de su capilla acaban en capiteles hatóricos que muestra la cabeza de la diosa Hathor.




Ya fuera del templo, con un calor sofocante, nos acercamos a un restaurante-tienda para cobijarnos del sol y comprar una de las muchas botellas de agua que necesitaríamos durante el viaje. A la salida del restaurante, como luego veríamos que se repite en otros templos, nos encontramos con un mercadillo por el que hay que salir obligatoriamente, rodeados de chavalillos que aprovechan para atosigarte y ofrecerte todo tipo de recuerdos y baratijas a 1 euro.
Muy cerca y de camino al templo de Luxor, el autobús se detuvo delante de LOS COLOSOS DE MEMNON, dos gigantescas estatuas de piedra esculpidas en grandes bloques de cuarcita, traídos especialmente desde Guiza, cuya función original fue la de presidir la entrada en el complejo funerario de Amenhotep III, quien gobernó durante la dinastía XVIII de Egipto. En su época, fue el templo más grande y opulento del Antiguo Egipto pero fue destruido por un terremoto poco después de su construcción.

Las dos estatuas gemelas representan a Amenofis III, en actitud sedente, y están bastante deterioradas, con numerosas grietas resultado de las inundaciones, terremotos, saqueos y de los intentos de reconstrucción que han hecho que sean irreconocibles desde la cintura para abajo; también se pueden ver dos figuras de menor tamaño, situadas junto al trono que representan a su esposa y a su madre. Existen otros cuatro colosos caídos que flanqueaban otros dos pilonos desaparecidos, a los que una misión internacional, de la que forma parte el arqueólogo español Miguel Ángel López Marcos, intenta recuperar, y que ha conseguido dirigir la restauración y reconstrucción del tercer coloso de Memnón, de unas trescientas toneladas de peso.
Siguiendo la visita llegamos al TEMPLO DE LUXOR tantas veces deseado y disfrutado en documentales; su construcción fue llevada a cabo, principalmente, por los monarcas Amenhotep III [1391 – 1353 a.C] dinastía XVIII, y Ramsés II [1290 – 1224 a.C.] dinastía XIX, una imponente construcción que forma parte del conjunto denominado Antigua Tebas, centro de la celebración más importante de Tebas para los antiguos egipcios, en la que las imágenes de la tríada tebana, Amón, Mut y Khonsu, eran llevadas desde el templo de Karnak, situado a unos 2 km, hasta el de Luxor. Esta festividad se celebraba una vez al año, en el segundo mes de la inundación, y estaba vinculada con la crecida del Nilo. Fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1979.

Después de disfrutar de las sutiles pinturas funerarias del Valle de los Reyes y de las miniaturas coloristas de sus muros, la grandiosidad del TEMPLO DE LUXOR nos dejó impactados, así como la armonía de sus espacios, la majestuosidad serena de su plaza adornada con seis colosos de Ramsés II, cuatro de pie y dos sentados, y dos obeliscos, (uno de ellos, lo veremos más adelante, acabó en París, en la plaza de la Concorde). Completa el espacio, el pilono, -dos grandes torres simétricas y trapezoidales, unidas por un pórtico bajo, que dan entrada al templo-, añadido por Ramses II, de 65 m de ancho y 24 de alto, en cuyos muros está representada la batalla de Qadesh (c. 1285 a.C.), en la que se enfrentaron egipcios contra hititas, al mando de Ramsés II. Frente al pilono se extiende la avenida, de más de 2 km de largo que conduce hasta el templo de Karnak, decorado con esfinges con cabeza humana que se extendían de un templo a otro.
En el Patio de columnas de Ramsés compuesto por 74 columnas papiriformes (con forma de papiro), existe una capilla tripartita para guardar las barcas sagradas y desde este patio se llega por la columnata procesional al patio de Amenotep III, un gran espacio cuadrado rodeado, por tres de sus lados, por una doble hilera de 64 columnas también papiriformes. De aquí y a través de un vestíbulo se pasa a la sala hipóstila (gran espacio cubierto cuyo techo está sostenido por numerosas columnas), a las capillas, salas de ofrendas y santuario de la barca
Dentro del templo, sobre las propias columnas antiguas se construyó La mezquita de Abu Haggag que continúa realizando servicios religiosos. Esa parte del Templo de Luxor fue convertida en iglesia por los romanos en el año 395 d. C., y luego en mezquita en el 640.






Desde aquí nos dirigimos al TEMPLO DE KARNAK; si el templo de Luxor nos entusiasmó, éste nos deslumbró. Su construcción comenzó durante el reinado de Sesostris I (r. 1971-1926 a. C.) en el Imperio Medio y continuó hasta el Período ptolemaico (305-30 a. C.), aunque la mayoría de edificios relevantes datan del Imperio Nuevo. Fue lugar de culto principal de la tríada tebana Amón, Mut y Khonsu, de la que ya hemos hablado, con el dios Amón a la cabeza. Forma parte del conjunto denominado Antigua Tebas, el conjunto de templos y necrópolis más grande de Egipto. Después de las Pirámides de Guiza, es el segundo lugar más visitado de Egipto.



Al recinto se accede a través de dos pilonos, una puerta monumental con dos grandes torres a los lados considerados símbolos solares que representan las dos colinas del horizonte por las que sale el sol. Las vías procesionales que unen los recintos sagrados en KARNAK, están flanqueadas por esfinges con cabeza de carnero que cumplían la función de guardianas y protectoras.


Dentro del recinto del templo, pudimos contemplar el lago sagrado, el espacio acuático más importante, de 130 por 80 metros, utilizado probablemente como escenario para diversas ceremonias y para que los sacerdotes realizaran sus abluciones. Otros elementos de simbología solar que embellecían el frente de los pilonos eran los obeliscos, auténticos rayos petrificados, normalmente dispuestos a pares que llegan a medir veinte metros de alto.


Después de ver tanta maravilla volvimos agotados a la motonave donde nos esperaba una comida estupenda, servida por unos camareros amabilísimos; las viandas además de ser de muy variadas y de gran calidad estaban muy bien cocinadas y estéticamente muy bien presentadas. A media tarde subimos a la terraza del barco donde nos ofrecieron un té y desde donde pudimos contemplar la impresionante puesta del sol, reflejada en las aguas del Nilo; un paisaje de ensueño.



Pero lo que vimos desde la terraza esa tarde fue algo más real que nos mostró el modo de vida de muchos egipcios, su rutina diaria para ganarse la vida alrededor de las motonaves. (venta de ropa desde el agua). Los vendedores gritaban el nombre de «Mari Caaarmen«, para que nos asomáramos desde la terraza y viéramos su mercancía. Una vez comprada, la tiraban como si fuera un balón hasta lo más alto, -cuatro pisos-, y nosotros les tirábamos el dinero de la misma forma. Esa tarde hicieron buena venta, los manteles y pareos se amontonaban en la terraza pues cada «Mari Carmen» pedía unas medidas y colores determinados. Al final viendo los equilibrios y el esfuerzo que hacían en la barquita nos quedamos con todo lo lanzado y satisfechos, esperaron al siguiente barco para seguir probando suerte.


El lunes tras el madrugón y un magnífico desayuno, nos dirigimos en autobús al TEMPLO DE EDFÚ uno de los templos más impresionantes de Egipto, el segundo más grande después de Karnak y uno de los mejor conservados ya que durante siglos, el templo quedó enterrado hasta una altura de doce metros bajo la arena del desierto y las capas de lodo depositadas por el río Nilo. Los habitantes del lugar construyeron casas en el terreno del templo; solamente quedaron visibles en 1798, las partes más altas de los pilonos del templo, cuando fue documentado por una expedición francesa. En 1860, el egiptólogo francés Auguste Mariette, empezó a liberar el templo de Edfu de arena.
El Templo de Edfú, está dedicado al dios halcón Horus y fue construido de piedra arenisca durante el periodo helenístico, en el Reino Ptolemaico entre 237 y 57 a.C. y la entrada es a través de una puerta entre las dos torres del pilón; inicialmente estaba compuesto por un vestíbulo con pilares, dos vestíbulos transversales y un santuario rodeado por capillas. A ambos lados de la puerta de entrada hay dos grandes estatuas de Horus en forma de halcón, hechas de piedra de granito negro; las inscripciones en sus paredes proporcionan información sobre el lenguaje, la mitología y la religión del período helenístico en Egipto.



Cada año, Hathor viajaba al sur de su templo para visitar a Horus en Edfu, y este acontecimiento se celebraba con una gran fiesta y peregrinación. En el santuario del dios Horus se encuentra la Sala de la Barca Sagrada, una capilla rectangular situada en el interior de la naos. Las paredes de esta sala están cubiertas de relieves detallados que muestran las ceremonias y ofrendas a los dioses. Está rodeada por un deambulatorio que conecta con varias capillas secundarias, representando uno de los espacios rituales mejor conservados de todo Egipto

Volvimos a la motonave con tiempo para darnos un baño en la piscina y quitarnos el agobiante calor del día; además de estar muy limpia y fresca, su diseño animaba a relajarse en esa agua que se confundía con las aguas del Nilo; y mientras, íbamos navegando, cruzándonos con numerosas barcazas, saludando a los chiquillos que se bañaban en sus orillas y contemplando la dorada puesta de sol en el horizonte. Creo que si el viaje fue tan agradable, aparte de lo cultural, innegable y primordial, fue gracias a los trayectos realizados en una motonave que ofrecía a los viajeros una gran variedad de servicios pero sobre todo, por el empeño del personal que se esmeraba para que nuestra estancia fuera inolvidable. Para ello programaron una serie de actividades, bailes de disfraces, actuaciones, bailes tradicionales, pero la que más nos gustó fue la visita que el capitán del barco nos hizo por todas las dependencias del mismo, desde la sala de mando a la sala de máquinas, donde, a pesar del ruido ensordecedor, nos explicó el funcionamiento de cada una de ellas; también nos paseó por las cámaras frigoríficas y por las cocinas, que por cierto estaban muy limpia, custodiadas por los cocineros, preparados como militares para una revista, que nos atendieron con una sonrisa en la boca y mucha amabilidad.




Continuamos el viaje y cerca ya del anochecer, atracamos en el puerto de Kom Omb, para visitar el precioso templo del mismo nombre, TEMPLO DE KOM OMB, cuya vista desde las aguas del Nilo es espectacular pues está en un alto y su iluminación permite ser contemplado desde la distancia. Al templo accedimos andando desde el muelle, atravesando un paseo donde se ubica un mercadillo, del que sale una escalinata que llega a los pies del templo, una construcción realmente espectacular, una ensoñación en la noche.

El templo de Kom Omb fue edificado durante el reinado de la Dinastía ptolemaica, entre los años 180 a. C. y 47 a. C., y su construcción es única debido a su diseño doble, ya que estaba dedicado a dos dioses: Sobek, el dios cocodrilo, y Haroeris, «Horus el viejo»; por esta singularidad tiene accesos, patios, salas, capillas y santuarios duplicados, iguales para los dos dioses; la mitad sur del templo estaba dedicada a Sobek, dios de la fertilidad y creador del mundo, y la mitad norte del templo estaba dedicada a Haroeris. No sólo es atípico por ser doble sino por ser simétrico respecto del eje principal.



Después de disfutar del templo y de las explicaciones del guía, visitamos el museo de momias, un museo, que está dedicado al antiguo dios egipcio Sobek y que muestra cuarenta cocodrilos momificados, de dos a cinco metros de largo y artefactos en honor del dios egipcio Sobek. También explica el modo en que los momificaron.


A la salida del museo quise comprar una un collar egipcio para el que tuve que regatear con un comerciante que me exigía pagar todo con billetes para después cambiarlos y sacar más ganancia. Al pagar con billete y moneda, pues otra cosa no tenía, el vendedor se enfadó y me tuve que marchar corriendo hacia el barco, que ya partía, escuchando las voces del comerciante.
La imagen del templo de Kom Omb iluninada en la noche, era aún más bella según el barco tomaba distancia. Esa noche en el barco estaba programada una fiesta egipcia en la terraza, después de cenar. Nos disfrazamos y nos unimos a un grupo de mujeres venezolanas, guapísimas, -de las que era imposible adivinar la edad-, y con ellas, -que fueron por la tarde «Mari Carmen» y compraron de todo a los vendedores de la barca-, bailamos, reímos y nos hicimos muchas fotos.


Mientras, el barco continuaba su trayecto en la noche cerrada, sus luces reflejadas en el agua, ofrecían un espéctaculo impresionante de luces y sombras que iba cambiando según avanzabamos hasta LA PRESA DE ASUÁN; allí presenciaríamos la fila de barcos que esperaban su turno para pasar las esclusas y salvar así el desnivel del agua. Todo un espectáculo nocturno de precisión y paciencia.


El martes, ya en ASUÁN, nos dirigimos en bus al TEMPLO DE ISIS o FILAE, originalmente ubicado en la isla de Filae, cerca de la Primera Catarata del Nilo en el Alto Egipto. Tras la construcción de la presa de Asuán (1960-70) se rescataron los templos de esta zona, aunque Filae quedó fuera de la Campaña Nubia; la importancia de este complejo llevó a la Unesco a iniciar un proyecto propio para salvar sus templos y el conjunto de monumentos faraónicos y grecorromanos de la isla, que fueron trasladados a la vecina isla AGILKIA entre 1977 y 1980, situada en un terreno más elevado a 500 metros, una isla rodeada de verdes rocas, casitas blancas y aguas cristalinas en las que se apiñan barcas multicolores


Y coronando la isla, destacaba el TEMPLO DE ISIS MADRE, un monumento al amor y a la maternidad, materializado en las numerosas escenas en las que aparece la diosa con su hijo HORUS en brazos, dándole el pecho. Este templo tras estar 80 años cubierto por el agua de la presa de Asuán fue sacado piedra a piedra y colocado en la parte alta de la isla.


Me encató la leyenda de Isis, Osiris y Seth, uno de los mitos más importantes del Antiguo Egipto. Narra una historia de amor, la de ISIS y OSIRIS y de traición, SETH, hermano de Osiris a quien asesinó descuartizándolo en catorce pedazos y esparciéndolos por todo el territorio egipcio para asegurarse de que nunca pudiera volver a la vida. Cuando Isis se enteró de la trágica muerte de su esposo, comenzó una búsqueda incansable y logró recuperar casi todas las partes del cuerpo de su esposo y con la ayuda de ANUBIS, dios de la momificación, unieron las piezas y crearon la primera momia. Mediante sus artes mágicas, Isis logró resucitar a Osiris por una noche, tiempo que utilizaron para concebir a su hijo, HORUS. ¡Genial! Después de esto, Osiris descendió al inframundo y se convirtió en el juez y rey de los muertos.
No se trata de un templo único y aislado sino de un conjunto monumental en el que el templo principal está dedicado a Isis y es el edificio más importante en Philae. Todo el templo está decorado con bajorrelieves de escenas de Horus, Isis y Osiris. Los otros templos de Arensnufis, Imhotep, Hathor , o el templo de Trajano, subordinados al de la diosa, se sitúan de manera transversal en relación al eje principal.





Muy pintoresca es la forma de acceder a la isla y de volver a tierra firme. El caos aparente de lanchas amontonadas que transportan a los turistas desde tierra hasta la islita, habla de la destreza de los barqueros, que logran salir y volver a la orilla, abriéndose paso entre 50 barcas apiñadas, golpeando unas con otras y forzando a los turistas a saltar de barca en barca hasta poner pie en tierra.
Tras el espectáculo de las barcas, volvimos al microbús para dirigirnos a un negocio de especias (del que no te puedes zafar) y que en realidad resultó muy interesante e instructivo por las explicaciones que tres jovencitas, en perfecto castellano, nos ofrecieron, mostrándonos una infinita variedad de especias y explicando los beneficios de cada una de ellas; de entre tanta oferta nos decantamos, por un café con mango, y cómo no, por azafrán pues es sabido que Egipto es el país de las azafrán. Después nos llevaron a un comercio de esencias, preparado para los turistas con muchas salas en las que ofrecían colonias idénticas a las de marcas conocidas, intentando convencerte de eran las mismas esencias pero con a menor coste. Aquí no picamos.
ASUÁN es la tercera ciudad más poblada y más grande de Egipto y una gran parte de la población vive exclusivamente del turismo; se percibe la pobreza en las casas sin terminar, calles sin asfaltar y suciedad por todos lados, paradójicamente la gente no presenta mal aspecto, lleva las chilabas blancas, inmaculadas, y el interior de los negocios está sumamente cuidado contrariamente a los accesos a los mismos. El tema de las casas choca a los visitantes occidentales ya que como ocurre en Marruecos y Jordania, no están terminadas; la gente mete sus ahorros en comprar una casa, pero no una casa terminada sino la estructura; lo consideran una inversión y según van teniendo dinero la van terminando para vivir, vender o para dejársela a un hijo; así en las fachadas se ven pisos habitados contiguos a pisos sin terminar, sin ventanas e incluso sin fachada exterior.
Volvimos al barco a la hora de la comida y a media tarde vivimos una experiencia inolvidable, un paseo en faluca, una embarcación de vela típica de Egipto, que nos llevaría a una playa en la sólo nos atrevimos a bañarnos dos personas por miedo a los míticos cocodrilos; el agua estaba marrón y no ofrecía muchas garantías, pero no podía desaprovechar la ocasión de bañarme en las aguas del Nilo.
Posteriormente nos condujeron al POBLADO NUBIO, un lugar absolutamente preparado para el turismo, lleno de motos tipo quads, que hacían un ruido ensordecedor y contaminaban el ambiente con el rugido de sus motores, donde todo me pareció artificial y prescindible, incluidas las actividades programadas para la visita, como recitar el alfabeto árabe en una escuela o tomar té en una casa nubia.


En la faluca subimos 10 personas y el barquero nos ofreció platillos con frutos secos que había cubierto con una manta; el paseo fue precioso ya que nos llevó por zonas escondidas entre una frondosa vegetación, desde donde divisábamos la arena cálida del desierto y el reflejo del sol al atardecer en las doradas aguas del Nilo. Este idílico paseo nos permitió conocer otra triste y cotidiana realidad, la de los niños que con 10 años bracean de rodillas en tabla de surf por el río, para llegar a las barcas y dejarse arrastrar por ellas; mientras, cantan canciones típicas, no sólo españolas, –Macarena, La española cuando besa-, sino de todos los países, Allouette, Volare-, dependiendo de la nacionalidad de los ocupantes, para ser recompensados con un euro. Eso sí, la pronuniación y el acento, eran graciosísimos.


Nos despedimos del poblado Nubio y volvimos por el río en calma, cuajado de reflejos, hasta nuestro barco para pasar la última noche a bordo ya que al día siguiente volaríamos a Abu Simbel y de allí a El Cairo.

Tras pasar la noche navegando, el miércoles nos levantamos a las 6 de la mañana para coger el avión con destino a LOS TEMPLOS DE ABU-SIMBEL, trayecto para el que la agencia también ofrecía viaje por carretera con una duración de cuatro horas. Ni que decir tiene, optamos por el primero y en una hora estábamos contemplando los imponentes templos salvados de las aguas.
Los templos de Abu Simbel, dedicados al faraón Ramsés II y a su esposa Nefertari, son dos colosales santuarios en el sur de Egipto, excavados en la roca, que destacan por sus imponentes fachadas custodiadas por estatuas gigantes del faraón y por albergar en su interior un diseño arquitectónico que se alinea con el sol. Los templos, son dos, el Gran Templo y el Templo Menor, y fueron construidos durante el reinado de Ramsés II, en el siglo XIII a. C., para mostrar su poder a sus vecinos Nubios. En 1968, los dos templos fueron reubicados en una colina artificial, construida en terrenos próximos, para evitar que quedaran sumergidos por las aguas del futuro lago.
El Gran Templo, dedicado a Ramsés II y dioses estatales, se distingue por su alta fachada que alcanza los 33 metros de altura y 38 metros de ancho y por sus cuatro colosales estatuas sedentes de Ramsés II, cada una de más de 20 metros de altura. A los pies de estas figuras se encuentran estatuas más pequeñas que representan a su esposa Nefertari y a sus hijos. En su interior impresiona la la sala hipóstila, sostenida por ocho grandes pilares que representan a Ramsés II asimilado al dios Osiris. Sus preciosas paredes están decoradas con relieves que muestran sus campañas militares (como la famosa Batalla de Kadesh).

Dentro se encuentran otras antesalas cada vez más pequeñas hasta llegar al santuario, donde se asientan cuatro estatuas esculpidas en la roca: Ptah, Amón-Ra, Ramsés II deificado y Ra-Horajti. Es en el santuario de este templo donde ocurre un evento astronómico único, dos veces al año (alrededor del 20 de febrero y el 20 de octubre); los rayos del sol penetran en el templo y recorren los más de 60 metros del interior para iluminar los rostros de Amón-Ra, Ra-Horajti y Ramsés II, dejando a Ptah, -el dios del inframundo-, en la sombra.


El Templo Menor (dedicado a Nefertari y Hathor), conocido también como el Templo de Hathor, presenta en su fachada seis estatuas de unos 10 metros de altura, cuatro representan al faraón y dos a la reina Nefertari, alternando sus posiciones. Los dos templos impresionan por su grandiosidad, su belleza y su ubicación a las orillas del Nilo que lo convierten en un espacio mágico.

Desde allí, volvimos al aeropuerto para volar hacia El CAIRO desde cuyo aeropuerto, nos dirigimos en bus a ver el magnífico MUSEO NUEVO DEL CAIRO. Ocupa un terreno de unas 50 hectáreas y está situado a dos kilómetros al oeste de las pirámides de Guiza. Su inauguración oficial, tras varios retrasos, se realizó el 1 de noviembre de 2025. Tuvimos la inmensa suerte de que las fechas de nuestro viaje coincidieran con la semana de la inauguración.
Llegamos a las 19 h. y estuvimos allí hasta las 22 h., prácticamente solos pues las la mayoría de los turistas ya se habían marchado. Fue un disfrute, contemplar un espacio único donde se funden la modernidad arquitectónica con el arte antiguo. El concurso para la realización del edificio fue ganado por la compañía Heneghan Peng de Dublín, y diseñado por los arquitectos Heneghan Peng, Buro Happold y Arup, responsables del diseño y la ingeniería. Tiene forma de triángulo oblicuo y los muros norte y sur del edificio están alineados con las pirámides de Keops y Micerino, de las que distan dos kilometros. En la fachada frontal del edificio destaca el muro de piedra traslúcido, de calcita (alabastro egipcio), que se abre a una gran explanada con palmeras.



Una vez traspasada la entrada principal nos quedamos estupefactos ante el gran Hall en el que se exhibía el Coloso de Ramses II tallada hace 3.300 años. Mide 11 metros de altura y 83 toneladas y está rodeado de otras esculturas imponentes diseminadas por una una escalera abierta que sirve como galería transitoria donde se exhiben más de 60 piezas, y que conduce a las doce galerías, diseñadas para que simulen la tumba original, la KV62, del Valle de los Reyes. De ellas dos galerías se han dedicado exclusivamente a la exposición de las 5.398 piezas pertenecientes al rey Tutankamón, faraón de la Dinastía XVIII (r. 1332-1323 a. C.). cuya colección se ha expuesto por primera vez en un mismo lugar. Las piezas que más nos impresionaron fueron la máscara dorada de Tutankamón y los tres sarcófagos superpuestos, uno hecho de oro de 110 kilos y dos de madera dorada. El trono de oro, una silla cubierta de oro y plata es otra de las joyas destacadas del conjunto.



En esta ocasión, nos acompañó otro guía distinto al de los días anteriores y fue una suerte pues era especialista en arte antiguo, por lo que sus explicaciones fueron de lo más instructivas, con alusiones constantes al arte y la historia antigua de Egipto. Después de la visita y emocionados por haber podido visitar el museo de noche prácticamente solos, nos trasladaron al Hotel Hilton en la avenida Corniche, un hotel antiguo muy modernizado, con muchos servicios para el cliente y una ubicación excepcional a orillas del Nilo. Allí cenamos en el bar y nos retiramos agotados a descansar a las amplias habitaciones.
El jueves después de degustar el estupendo desayuno en el bufett del hotel salimos entusiamados hacia la MESETA DE GIZA, a 18 kilómetros de El Cairo, para contemplar los monumentos más importantes de Egipto y uno de los más antiguos del mundo, LAS PIRÁMIDES; si bien las vimos la noche anterior desde el autobús, nos emocionaba ver la magnitud de los sillares de piedra, cuyo peso en las zonas estructurales de mayor carga, cerca de la base, llega a las 15 toneladas y su altura y grosor a los dos metros.
Es difícil explicar con palabras la sensación que nos produjeron las pirámides al verlas de cerca porque los sentimientos son difíciles de describir pero diré que su vista me pareció mágica, como de ensueño, como si no fueran una realidad sino una representación virtual; quizá caiga en la exageración pero yo así lo viví, las pensé durante años como un sueño y como un sueño las incorporé a mi realidad. Su belleza, su armonía y su historia superan todas las expectativas y convierten la explanada de Giza en un decorado que traspasa y emociona.




De allí nos llevaron a un restaurante que me recordó a algunos paladares de la Cuba profunda, no por la comida en sí, sino por el ambiente y la organización. Claramente fue la peor comida del viaje, exclusivamente pensada para turistas, compuesta de un menú fijo en el que no faltó el pollo y cremas de todo tipo, que comprobamos, habían dejado sin probar los turistas anteriores y eso sí, servido a gran velocidad para dar paso a los siguientes grupos. Nada que ver con la deliciosa comida del barco. El entorno del restaurante por llamarlo de alguna manera estaba sucísimo, y la pobreza y atraso se veía en las casas que lo rodeaban y en el inmundo río lleno de basura; pudimos ver a la salida, a una señora muy mayor sentada en el suelo haciendo pan en un horno de piedra, una imagen normalizada hace 60 años en los pueblos españoles que felizmente hemos superado. Les pedí que me dejaran fotografiarlas, accedieron y además me regalaron un panecillo recién horneado; eso sí al marcharme me pidieron un euro.


Después de comer nos dirigimos hacia MENFIS, la antigua capital del Reino Antiguo, próspera ciudad con edificios monumentales y templos tan importantes como el dedicado el TEMPLO DEL DIOS PTAH, descubierto por Caviglia, quien en 1820 empezó a excavar en Menfis, detectando varias grandiosas estatuas; una de ellas, de Ramsés II, preside hoy la entrada del Gran Museo Egipcio en El Cairo y otra y no menos importante, una colosal estatua de piedra caliza, de unos diez u once metros de largo, que yacía boca abajo y que debió flanquear el pilono de entrada del Templo de Ptah, peró acabo cayendo de cara, con lo que su rostro no podía verse. Los cartuchos inscritos en ella indicaban que se trataba nada más y nada menos que de uno de los faraones más importantes de Egipto, Ramsés II; la estatua, sin embargo, no estaba completa, le faltaba la parte inferior de ambas piernas, por lo que en origen tal vez llegó a medir unos trece metros; así, Ramsés II permaneció en su lugar, y hoy en día puede contemplarse en todo su esplendor en un pabellón construido al efecto en el Museo Mit Rahina de Menfis.

Y de allí a SAQQARA, al suroeste de la ciudad de Menfis, para conocer la primera pirámide de la historia la PIRÁMIDE ESCALONADA DE ZOSER, faraón de la Tercera Dinastía del Antiguo Egipto levantada hacia el 2700 a.C.; fue la construcción más importante de la necrópolis de Saqqara y el prototipo de las restantes pirámides egipcias. La belleza y singularidad de esta pirámide, se amplifica al atardecer cuando el sol la cubre de dorado y los camellos se dibujan en el horizonte. Un paisaje de ensueño.




Ya anochecido nos llevaron a la parte antigua de la ciudad, no sin dificultad debido al anárquico tráfico, donde los motoristas cambiaban de sentido alzando las motos cargadas con paquetes, por encima de la mediana, y los claxon acribillaban la noche sin dejar de sonar; la gente atravesaba la calzada sin mirar, con la confianza de que los automoviles pararían, un caos convenido y aceptado por todos menos por los turistas que mirábamos atónitos la confusión reinante. Ya fuera del autobús, entramos por una de las puertas del zoco, descubriendo miles de calles abarrotadas de negocios, gente, luces, sonidos, colores, un mundo sólo suyo.




Después del paseo nos llevaron a un restaurante muy elegante, con una arquitectura que recordaba a la Alhambra, con sus mosaicos de colores y unos jardines preciosos , donde cenamos una degustación de comida egipcia. Fue un día perfecto que siempre quedará en nuestro recuerdo.



El viernes lo dedicamos a pasear por la ciudad comenzando por la MEZQUITA DE SALADINO O DE ALABASTRO ubicada dentro de la Ciudadela de El Cairo construida en el s. XII para el sultán de Egipto. Aunque la ciudadela es del XII, la mezquita data del s. XIX y está realizada en estilo otomano, manteniendo el mismo diseño que la Mezquita Azul de Estambul.

No todo el edificio está cubierto de alabastro. El material principal es caliza, y son los muros inferiores y el patio los que están cubiertos con este material. El patio es casi cuadrado y está rodeado por un riwaq o galería porticada con columnas y bóvedas. En el centro del patio destaca una fuente de mármol para las abluciones, cubierta por un templete de madera y columnas, decorados en estilo barroco. Destacan dos minaretes cilíndricos de estilo otomano, con dos balcones y cubiertas cónicas, situados al sur y este del patio, a ambos lados de la fachada de la sala de oración.


Es muy famoso el Reloj de la Torre en el lado noroeste del patio, realizado en hierro, de estilo neogótico y oriental, en cuyo nivel superior hay una sala del té; fue regalado a Mehmet Alí por el rey Luis Felipe I de Francia en los años 1836-1840 y para corresponder al regalo recibido, uno de los obeliscos del templo de Luxor, situado actualmente en la Plaza de la Concordia de París. Según el guía lo regalaron roto y nunca ha funcionado.
Desde el patio se entra a la Sala de oración, cubierta con una cúpula central rodeada por cuatro semicúpulas y cuatro pequeñas cúpulas en las esquinas. El mihrab, el nicho que indica la dirección de la oración, está ubicado en una especie de ábside y cubierto con otra semicúpula. Y el mimbar, -el púlpito desde el que se dirige la oración-, es de madera con decoración tallada y dorada de la época en que se constryó la mezquita; en esta sala se encuentra la tumba de Mehmet Ali marcada con un gran cenotafio de mármol.



De aquí nos dirigimos al BARRIO COPTO por sus estrechas y bulliciosas calles llenas recubiertas de libros y de grandes bazares, donde además de comprar regalitos para la familia, visitamos la iglesia católica de San George. Después nos encaminamos al Museo antiguo del Cairo, diseñado por el arquitecto francés Marcel Dourgnon en 1897 en la zona septentrional de la plaza Tahrir; a pesar de conservar muchas obras de arte se aprecia el vacío que el traslado de las estatuas y objetos más significativos al Gran Museo Egipcio, ha dejado en la mayoría de las salas.



Acabada la visita nos llevaron a un restaurante Abd el Wahab, ubicado en una barcaza anclada en la orilla del Nilo en la que degustamos un menú tradicional muy completo.



De allí volvimos al hotel a descansar pues a las 6 de la tarde estaba programada una visita al MERCADILLO DE JAN EL JALILI , fundado en el siglo XIV, el más grande de Oriente Medio, donde encontramos artesanías, especias, joyas, perfumes y un sinfín de productos que nos obligaron a practicar el regateo. Si la noche anterior nos asombró el bullicio del zoco, este gigantesco mercado medieval nos sobrecogió pues es un espectáculo de voces, gritos, un laberinto de calles abarrotadas de mercancías, de gente y de niños ofreciendo los artículos más extraños a 1€ para una vez aceptado, pedirte dos; un bullicio que solo entienden y soportan ellos.

Allí mismo nos fue a buscar el autobús para llevarnos al hotel donde cenamos en uno de sus restaurantes, para celebrar la fortuna de haber realizado uno de los viajes más soñados que superó todas nuestras espectativas.
Fue un viaje lleno de emociones en el que descubrimos la belleza y grandiosidad de un arte dedicado a la vida terrenal placentera, primera etapa del viaje al más allá y a la muerte, transición que podía conducir a la felicidad eterna y al renacimiento. Una cosmovisión que no contemplaba la muerte como fin absoluto, sino como una continuidad, por lo que el cuerpo, el alma y el nombre se debían salvaguardar para no ser olvidados. Sus templos y pirámides no son sólo ruinas, son monumentos en pos de la inmortalidad.
Maravilloso cómo siempre tu relato. Me he sentido en Egipto de nuevo. Gracias Cecilia.
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