El otoño es una de las mejores épocas del año para viajar y los países que nos rodean ofrecen destinos de ensueño que invitan a descubrirlos poco a poco; este año decidimos volver a Francia, a una zona que no conocíamos y de la que habíamos oído hablar maravillas; nos referimos a La Dordogna, departamento francés situado en el suroeste del país y que recibe su nombre del río que la atraviesa de este a oeste; pertenece desde el 1 de enero de 2016, a la nueva región de Nueva Aquitania y su capital es Périgueux, heredera de la antigua provincia de Périgord.
Nuestro punto de partida fue BURDEOS, ciudad a la que llegamos el martes 10 de octubre, de buena mañana, tras hora y media de vuelo desde Madrid, lo que nos permitió aprovechar todo el día para ir conociendo la ciudad; allí fijamos el punto de encuentro con el grupo de amigos con el que compartiríamos el viaje. Burdeos, capital de la región de Nueva Aquitania, es una ciudad portuaria, atravesada por el río Garona, cuyo Puerto de la Luna está inscrito como Patrimonio Mundial de la Humanidad por la Unesco, debido al conjunto urbano excepcional de la ciudad histórica, el mayor de toda Francia, exceptuando París.
Una vez dejado el equipaje en el Novotel Bordeaux Centre, cercano a la Catedral de San Andrés, nos encaminamos hacia la gran Plaza Pey Berland, llamada así por la presencia de una construcción especial del siglo XV, la Torre Campanario de la Catedral, construida por el obispo de Bordeaux, Pey Berland, que también fundó la universidad de la ciudad. Es de estilo gótico flamígero y fue separada de la catedral por la falta de consistencia del terreno para soportar el peso de la torre y de las campanas. La torre es cuadrangular con contrafuertes, adornada con una una galería exterior y una flecha octogonal; tiene cuatro niveles entre los cuales está la sala de las campanas, de las que la mayor pesa ocho toneladas; en su cúspide se halla la estatua de Notre-Dame de Aquitania realizada en 1862 y restaurada posteriormente.
A su lado, la Catedral de San Andrés, -que marca el límite entre el viejo Burdeos y la ciudad moderna-, es uno de los principales monumentos de estilo gótico, que desde 1998 forma parte del Patrimonio de la Humanidad como parte del Camino de Santiago francés. Aunque el origen de la Catedral es románico, finales del siglo XI, no quedan de aquella construcción más que los muros interiores de la nave principal.


La Catedral fue reconstruida entre los siglos XII y el siglo XVI y fue concebida con planta de cruz latina, nave única de 124 metros de longitud y cuatro campanarios, de los que sólo se construirían dos con sus agujas. La actual nave del siglo XII fue modificada en el siglo XIII, siglo en el que se construyó el deambulatorio, unido a la nave en el XIV así como el coro y las capillas radiantes. El campanario, las torres y las flechas del transepto fueron terminadas en el siglo XV. En la Puerta Real de la fachada norte, destaca el impresionante Tímpano del Juicio Final realizado hacia 1250. Al estar situada sobre suelo de marismas, la catedral tuvo que ser construida con múltiples refuerzos que le dan un aspecto contundente y pesado.
Después de comer en la plaza nos encaminamos hacia el río Garona al que llegamos cruzando la Porte du Cailhau, edificio militar construido entre 1493 y 1496, en el lugar de una antigua puerta defensiva, para conmemorar la conquista del Reino de Nápoles por el Rey Carlos VIII; está decorada con un portón, pesados matacanes y decoración esculpida, según el nuevo gusto renacentista; una vez atravesada la puerta pudimos contemplar un bello panorama del río y la ciudad desde el puente de piedra, uno de los más antiguos de Burdeos.


Siguiendo el paseo por la ribera del río llegamos a la amplísima Plaza de la Bolsa, (Place de la Bourse) inaugurada en 1749 como símbolo de la prosperidad de la ciudad. Fue la primera brecha que se abrió en las murallas medievales para, además de servir de marco a la estatua ecuestre del rey Luis XV de Francia, ampliar la ciudad hacia el río Garona y ofrecer un rostro de la ciudad más abierta y moderno.
En la Plaza destacan por su elegancia los frontones de los monumentales edificios, de casi tres siglos de antigüedad, que representan la grandeza de los príncipes y los mascarones inspirados en la mitología y en la historia de Burdeos, que representan rostros de mujeres africanas, en alusión a la trata de negros que enriqueció la ciudad. Desde 1869, su centro lo ocupa la actual Fontaine des Trois Grâces, que representa a Aglaya, Eufrósine y Talia, las hijas de Zeus.
El espejo de agua (Miroir d’eau) situado frente a la Plaza de la Bolsa, tiene menos de 20 años y una superficie de 3450 m²; está catalogada como patrimonio mundial contemporáneo; esta espectacular obra alterna extraordinarios efectos de espejo y niebla.

Siguiendo el río llegamos a la amplísima Plaza Quinconces situada en el corazón de la ciudad, auténtico emblema de la República, por albergar el Monumento a los Girondinos, construido entre 1894 y 1902; su fuente rinde homenaje a los representantes de la alta burguesía, diputados del departamento francés de Gironda, partidarios de realizar la revolución por medio de la ley, que fueron derrotados por los montañeses durante la Revolución.
Al pie de la columna, dos conjuntos de caballos de bronce simbolizan tanto el triunfo de la República como el triunfo de la Concordia. En lo alto de la columna se encuentra el «genio de la libertad», rompiendo sus cadenas y blandiendo la palma de la victoria.

Desde aquí volvimos al hotel donde nos reunimos con el grupo de amigos; como era tarde y no encontramos donde cenar lo hicimos en la terraza del propio hotel, en la que nos sirvieron unas suculentas tablas de quesos y fiambres. Más tarde nos dimos otro paseo por «Burdeos la nuit» que nos permitió admirar la belleza del Palacio Rohan, cuya arquitectura neoclásica de líneas rectas y proporciones equilibradas, resaltaban la elegancia de sus columnas iluminadas, frontones y cornisas; construido entre 1771 y 1784, fue Palacio Arzobispal hasta la Revolución Francesa, momento en que pasó a ser sede del Hôtel de Ville; sus alas laterales albergan desde 1880, el Museo de Bellas Artes de Burdeos.

El miércoles por la mañana concertamos un «Free Tour» para descubrir peculiaridades de la ciudad que sólo los guías revelan y seguir descubriendo lugares como La Plaza de la Comedia, en el corazón del casco antiguo, donde se ubica el Gran Teatro, uno de los monumentos más importantes de la ciudad, construido en estilo neoclásico en 1780; el edificio rectangular muestra en su fachada un peristilo de doce columnas corintias que sostienen un entablamento y una balaustrada decorada con doce estatuas (las nueve musas y tres diosas). Actualmente, es la sede de la Ópera Nacional y el Ballet Nacional de Burdeos .

Desde allí se abre una calle que lleva directamente a otra recoleta plaza, la Place du Chapelet, presidida por la Iglesia de Notre Dame du Chapelet, construida entre 1684 y 1707. Su fachada, barroca, de aire claramente jesuítico, se ve realzada por la abundancia de bajorrelieves, estatuas, obeliscos, bolas, columnas y pilastras corintias, que acentúan la verticalidad propia del barroco; sobre la puerta de entrada, un bajorrelieve representa a la Virgen María dando el rosario a Saint-Dominique (Santo Domingo).


Nos llamó la atención la escultura de Goya que se levanta sobre un pequeño pedestal junto a la fachada de la iglesia, en la que, por cierto, se ofició el funeral por el genial aragonés; obra en bronce de Mariano Benlliure, recuerda los últimos años del genial pintor en los que tuvo que abandonar España por miedo a las represalias de Fernando VII contra los liberales; el 27 de junio de 1824, con 78 años, tras un viaje de treinta y seis horas, Francisco de Goya y Lucientes, descendió de su diligencia en la Place de la Comédie y disfrutó de la libertad que en España no existía.
Desde allí y a través de un coqueto pasadizo o galería, Passage Sarget, construido a mediados del siglo XIX, salimos a la Rue L´intendance, en la que se encuentra la casa en la que vivió Goya; una placa alusiva y numerosos turistas mirando el edificio, lo distinguen.


Ya por la tarde, y por nuestra cuenta, cogimos un barco para conocer un lugar muy especial, la Ciudad del vino, cuya singular arquitectura en forma de decantador y su interesantísimo museo merece una detenida visita; el museo de La Cité du Vin, en el barrio de Bacalán, alberga en sus salas, exposiciones, espectáculos, proyecciones de películas y seminarios académicos centrados en temas relacionados con el vino además de una experiencia inmersiva e interactiva sobre el tema del vino y la enología.



Inaugurado en 2016 se ha convertido en un símbolo de la región de Burdeos ya que, a través de 20 módulos interactivos repartidos en 3000 metros cuadrados, muestra a los visitantes los secretos del vino de todas las épocas y civilizaciones. No es de extrañar que National Geographic clasifique la Cité du Vin como el séptimo mejor museo del mundo.
Nos despedimos del museo tras una degustación de vinos de Francia que el museo ofrece a sus visitantes, en un lugar privilegiado, su faro de 35 m. de altura, desde el que se divisa el Puente levadizo de Chaban Delmas, -nuevo emblema de la ciudad-, los viñedos que la rodean y unas bonitas vistas de la ciudad de Burdeos.
El barrio de Bacalan y Bassins à flots, fue puerto de todos los marineros del mundo, un suburbio alejado de Burdeos que acogió en el siglo XIX los mayores barcos, convirtiéndose en importante centro industrial. Este sitio histórico que ha conservado su encanto antiguo es hoy día un lugar cosmopolita que ha evolucionado para convertirse en un «puerto mixto», que alberga viviendas y actividades económicas y de ocio; paseando por la orilla del río se contempla la fusión de su patrimonio arquitectónico, testigo de su pasado marítimo, –muelles, grúas, barcazas, raíles y silos-, y sus modernos edificios.

De nuevo en el centro histórico y ya caída la noche, la agradable temperatura nos permitió cenar en la terraza de un bistrot y degustar productos de la tierra.
El jueves volvimos a cruzar el río Garona para llegar a Bassin des Lumieres, una de las cinco Bases Submarinas construidas por los alemanes en la costa atlántica, para albergar flotillas de submarinos durante la Segunda Guerra Mundial. Su construcción por las fuerzas de ocupación alemanas comenzó en 1941 y se completó en 1943; este gigantesco búnker está organizado en once celdas unidas entre sí por una calle interior.


Hoy en día, este lugar subterráneo se ha convertido en un espacio cultural atípico, gestionado por la ciudad de Burdeos. A lo largo del año, mantiene un programa multidisciplinar, exposiciones temporales, conciertos y espectáculos de teatro y danza. Nosotros vimos una presentación inmersiva en Dalí, de luz, sonido y color, realmente espectacular.




Dejamos Burdeos y tras una parada en Bergerac para comer nos dirigimos hacia nuestro siguiente destino, LA BASTIDA DE MONPAZIER, para conocer una de las ciudades fortificadas mejor conservadas, típicas de la Edad Media; estas bastidas fueron construidas por los monarcas con fines defensivos y regidas por un administrador designado por la corona. Monpazier, fundada en el año 1284 por Eduardo I, rey de Inglaterra, mantiene un óptimo estado de conservación a pesar de ser testigo de numerosas batallas y rebeliones, permaneciendo casi como en su origen.



De las seis puertas fortificadas de sus murallas, se mantienen tres de ellas. Desde cada una, caminando entre calles paralelas perfectamente estructuradas y edificios medievales que nos trasladaban a otra época, llegamos a la plaza central, Place de Cornières, conocida con este nombre por estar rodeada de arcadas (“corniéres o couverts”) de diferentes formas y alturas que le dan una personalidad muy especial.

En esta bella plaza, adornada con plantas trepadoras, destaca el antiquísimo Mercado cubierto, construido en el siglo XIII con pilares de madera, que reúne algunos de los utensilios propios de estos recintos.


Otro de los edificios imprescindibles de la ciudad es La Iglesia gótica de Saint Dominique construida entre los siglos XIII y XIV sobre una antigua capilla romana que ha sufrido múltiples intervenciones a lo largo de los siglos; su fachada se reconstruyó en el siglo XVI y el campanario data de este mismo siglo. Su pila bautismal del siglo XIV, sus capiteles tallados y su bella sillería la han convertido en un edificio de interés histórico artístico.
Dando un paseo por las afueras del pueblo nos encontramos un precioso hotelito llamado Edward 1er, ubicado en una colina desde la que se divisan unas preciosas vistas del los valles del Périgord y Monpazier; un hotel con encanto muy recomendable que invita a pernoctar y seguir disfrutando de la villa, una auténtica joya de la arquitectura medieval.
De nuevo en camino, nos dirigimos al hotel Rochebois, en VITRAC, al que llegamos sobre las 19,30 por unas carreteras estrechas y llenas de curvas que hicieron más largo y pesado el camino pero que fue recompensado al descubrir la fantástica ubicación del hotel, sus amplias habitaciones y sus grandes terrazas que se abrían a cuidados jardines; como era temporada baja los precios fueron muy asequibles.


El viernes, después de una magnífico desayuno en el hotel, nos encaminamos a la BASTIDA DE DOMME, que como la de Monpezier fue creada en el medievo no sólo con fines defensivos sino para repoblar tierras con gente fiel a los reyes; ya en el pueblo, ubicado en un altozano a 150 m sobre el rio Dordogna, recorrimos sus calles estrechas, -jalonadas de casas de piedra dorada y tejados inclinados-, donde encontramos la Place de la Halle, rodeada de edificios medievales, la Maison du Gouverneur, hoy sede del Ayuntamiento y la iglesia de Notre Dame de L´Assomption, construida en el s. XVII, de una sola nave y campanario; no pudimos ver la Gruta de Domme, -galería excavada bajo la plaza que sirvió de refugio a los vecinos de la ciudad durante la guerra de los cien años-, por no haber reservado previamente la visita, cosa que desde aquí recomiendo; ante la imposibilidad de ver la gruta, optamos por subir en un trenecito, que nos paseó por los alrededores del pueblo y nos permitió ver un paisaje precioso del valle del Dordogna, de las murallas de la ciudad y sus puertas; la principal es La porte des tours, que hacia 1307 sirvió como prisión a los templarios; hay otras dos puertas que se conservan en buen estado, La porte del Bos y La Porte de la Combe.


Aún aprovechamos la tarde y nos dirigimos hacia a LA ROQUE-GAGEAC (en occitano La Ròca de Gajac), pintoresco pueblo a orillas del río Dordoña, al pie de un acantilado; ya desde el aparcamiento descubres preciosas casas cubiertas por la roca que parecen vigilar las gabarras que recorren el río de arriba abajo; en el embarcadero, llegamos a coger la última del día, en la que navegamos por el río contemplando sus orillas de un verde frondoso; después recorrimos el pueblo disfrutando de las casasalineadas bajo la roca, de los tejados puntiagudos, de su encanto antiguo y del maravilloso paisaje que se contempla del cauce del río. Así, cayó la tarde y nos regaló una puesta de sol inolvidable, cuyos colores se reflejaban en el agua.



Decidimos buscar un sitio para cenar, que encontramos allí mismo, un restaurante fantástico oculto entre una vegetación de palmeras, plataneros, higueras, cactus y bambúes que crecen libremente en este entorno natural; estábamos solos en el jardín, envueltos por una exótica naturaleza cuya iluminación, con velitas, creaba un ambiente de intimidad y calidez; tras la estupenda cena, volvimos al hotel en Vitrac.



El sábado después de desayunar nos encaminamos hacia SARLAT-LA-CANEDA, uno de los pueblos más bellos del Périgord; es una ciudad medieval cuya riqueza reside en su patrimonio arquitectónico ya que conseva sesenta y cinco monumentos e inmuebles protegidos; la ciudad fue la primera área protegida en Francia y sirvió como modelo por su restauración, financiada con fondos públicos gracias a la ley del ministro de cultura, André Malraux, de 1964.



Es una ciudad de Arte, Historia y Gastronomía; en el mercado de Sarlat se venden delicatessen locales, como foie gras, queso, setas de todos los tipos, trufas, placeres gourmet de todas las especialidades gastronómicas del Périgord, que los puestos exhiben en la céntrica Iglesia de Sainte-Marie, rediseñada después de múltiples usos, como mercado de alimentos, por el arquitecto Jean Nouvel que dejó su impronta en las extraordinarias puertas.


En la parte de atrás de la iglesia-mercado existe un ascensor de cristal que sube al campanario y ofrece vistas de toda la ciudad. Pasear por las calles de Sarlat es revisar la historia contada por los edificios góticos y renacentistas y por casas señoriales como La Manoir de Gisson del s. XIII, restaurada en el s. XVII para una familia de la nobleza Sarladaise, el Hotel de Vienne del s. XVI, palacio urbano famoso por la larga escalinata que recorre todo el alto de su torre central y su soberbia chimenea renacentista o el Hotel de Carbonnier de Marzac del s. XV con su escalera de caracol.







Destacaremos también el Hotel de Grézel, del siglo XIII, embellecido en el XV con unas escaleras torneadas muy del gusto de la nobleza.
Pero si hay un edificio que destaca por encima de todos los demás es la Catedral de Saint-Sacerdos. Su construcción comenzó en el 1504, en el mismo lugar donde se alzaba una iglesia levantada en el siglo XII, que se demolió para construir la Catedral. Las obras se pararon en 1516, y así permanecieron durante casi un siglo.





Para la construcción de la nueva catedral de estilo gótico, se reutilizaron algunas partes románicas de la antigua iglesia abacial, como el campanario románico que data del siglo XII y es la parte más antigua del edificio; ha sufrido varias modificacionesa lo largo de los siglos incorporando las nuevas tendencias artísticas, como el piso superior del siglo XVII y el campanario bulboso del siglo XVIII. De su interior destacaremos el gran órgano del siglo XVIII obra de arte del clasicismo, que conserva su sonido primitivo; está considerado como un órgano excepcional entre los órganos franceses.
Detrás de la catedral de Sarlat se alza la torre conocida como Lanterne des Morts, curiosa construcción circular también conocida como torre de San Bernardo; es el edificio más antiguo de Sarlat, del siglo XII, y sobre el uso que pudo tener, existen muchas teorías; unos dice que fue una especie de faro, otros una capilla y otros un mausoleo. Como no hay nada probado, dejamos a los lectores que dejen volar su imaginación.


Después de disfrutar en Sarlat toda la mañana, nos dirigimos hacia CASTELNAUD LA CHAPELLE, a 9 km de Sarlat, para visitar el pueblo y su impresionante fortaleza medieval construida en el siglo XII en lo alto de un risco; éste protege la villa y sus casas de tejados puntiados, agolpadas unas en otras; por su ubicación privilegiada, en la convergencia del Valle del Dordoña y el Valle de Céou, este castillo ha sido testigo de multitud de guerras y cruzadas, siendo una de las más importantes la Guerra de los Cien Años. Pasear por el pueblo es un placer, por la belleza de sus calles, el silencio reinante y los colores del otoño que tiñen las impresionantes vistas del Valle de la Dordoña desde lo alto del castillo; el Chateau Castelnaud alberga el Museo de la Guerra de la Edad Media, que exhibe una gran colección de armas, armaduras y reconstrucciones a tamaño real de las máquinas de asedio más poderosas de la época; un guía nos hizo una demostración del funcionamiento de las distintas catapultas que se encuentran en el castillo.



Desde aquí, nos dirigimos hacia al CASTILLO DE BEYNAC, a unos siete kilómetros, un castillo enclavado en lo alto de las rocas, sobre casitas que parecen colgar de los riscos y que convierten a estos pueblecitos en verdaderas joyas de la arquitectura y el paisaje.





Inmediatamente después fuimos a ver les JARDINES DE MARQUEYSSAC, declarados bien de interés público por la singularidad de sus más de 6 kilómetros de paseos, en los que resalta el arte topiario del jardín; está bordeado por 150.000 bojes centenarios, podados a mano, que rodean un coqueto castillo de principios del siglo XIX, cubierto por un tejado de lajas de piedra; los jardines están adornados por rocallas, cabañas de piedra, cabezas de piedra hundidas en la tierra y unos magníficos miradores que le han convertido en el jardin más visitado del suroeste de Francia. Por su ubicación, encaramado en lo alto de un saliente rocoso, se le conoce como el Mirador de Dordogna, ya que proporciona una de las vistas del Périgord más impresionantes del valle. Tras caminar por el bellísimo jardín unos cuatro kilómetros, volvimos al castillo para visitarlo y concluir una jornada en la que descubrimos pueblos y castillos de una belleza extraordinaria. Terminada la visita volvimos a los coches para llegar temprano al hotel y cenar allí en el restaurante del golf donde degustamos paté y quesos de la zona.




El domingo de buena mañana, salimos hacia LES EYZIES para visitar el lugar donde se encontraron los primeros restos de un hombre de cromañón; la fortuna no nos acompañó pues estaba cerrado por remodelación, por lo que nos encaminamos al Museo Nacional de la Prehistoria, instalado desde 1911 en el antiguo castillo de Les Eyzies de Taillac, cuyas colecciones recorren más de 400 milenios de historia humana; está situado en el corazón del valle del Vézère, conocido como el Valle del Hombre, muy cerca de algunos de los mayores yacimientos prehistóricos del mundo, por lo que ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.



Desde aquí nos encaminamos a MONTIGNAC, perteneciente a la Comunidad del Valle del Vézère en cuyo territorio se encuentran las CUEVAS DE LASCAUX, donde se han descubierto significativas muestras del arte rupestre y paleolítico y que junto a otras grutas y yacimientos prehistóricos de la zona, están integradas en los «Sitios prehistóricos y grutas decoradas del valle de Vézère», declarados Patrimonio de la Humanidad. La cueva fue inicialmente descubierta por un muchacho, Marcel Ravidat, que al no poder penetrar en la misma, el 12 de septiembre de 1940, regresó con otros tres adolescentes, Jacques Marsal, Georges Agnel y Simón Coencas, que le ayudaron a despejar la entrada.


Se abrió al público tras la Segunda Guerra Mundial pero tuvo que ser cerrada en 1963 para preservar el arte rupestre de sus paredes, -dañado por el dióxido de carbono producido por los visitantes- y comenzar su restauración. Ante el cierre definitivo de la cueva las autoridades proyectaron realizar una copia a tamaño natural de este santuario paleolítico, para compensar a los visitantes y seguir dando a conocer los tesoros de la cueva original. Y así la reproducción, una estructura semienterrada, se construyó en el interior de un moderno edificio situado en Montignac a 200 m de la cueva original, que pone a cubierto un cascarón de hormigón que se amolda al volumen general interno del original y que reproduce fielmente las pinturas, las rocas y el ambiente primigenio.





Dentro de las cueva experimentamos sensaciones de asombro y admiración como si de las cuevas originales se tratase y completamos la experiencia en el museo, a lo largo de numerosas salas en las que, a través de paneles y medios audiovisuales, se explicaban todas las cuestiones relativas a la cueva. Fue una visita interesantísima.
Comimos en el retaurante del museo y desde allí, inmersos en la prehistoria y el arte rupestre, nos dirigimos a LA FONT DE GAUME, Patrimonio mundial de la Unesco desde 1979, uno de los mejores santuarios paleolíticos del mundo aún abiertos al público. Descubierta en 1901 dejó al descubierto más de doscientas figuras pintadas o grabados de la época magdaleniense, quince mil años antes de Cristo; el bestiario particularmente figurativo muestra 80 bisontes, caballos, mamut, renos y algunas figuraciones, a menudo policromadas; la decoración de las paredes está situada esencialmente en las extremidad de la cavidad y hay sesenta metros de galerías; fue el primer descubrimiento de una cueva decorada con pinturas rupestres polícromas en el Périgord.


Se llega por una estrecha vereda entre abundante vegetación y por razones de conservación, está limitado el número de visitantes a 13 personas y en el interior, explicado por un guía, no se permite hacer fotos; la reserva es obligatoria en el sitio web: www. sites-les-eyzies.fr .
Para aprovechar la tarde y de vuelta a Sarlat, nos desplazamos hacia el CASTILLO DE LA COMMARQUE, situado en la ladera de una colina, rodeado de bosques de un verde intenso y frente a otro castillo con el que mantenía rivalidad; el edificio es del siglo XII y fue construido a petición de los abades de Sarlat con la intención de proteger la abadía y garantizar la seguridad del valle; se ubica sobre un montículo rocoso, en el valle del río La Beune, y es monumento histórico artístico. Al principio, no era más que una simple torre de madera en lo alto del acantilado. Con el tiempo el emplazamiento se amplió con casas, varias torres y una capilla. A partir del siglo XIV, la torre del homenaje de madera fue sustituida por una torre de piedra, ocupada por los señores de Beynac. Más tarde, se construyeron varias torres, cada una con una vivienda, que fueron ocupadas por linajes de la nobleza menor.

Al pie del acantilado se esconde la Cueva de Commarque, un tesoro del arte rupestre que conserva 34 grabados, entre ellos un magnífico caballo tallado en bajo relieve y numerosas figuras antropomorfas: mujeres embarazadas y perfiles femeninos; la cueva fue declarada monumento histórico el 11 de febrero de 1924 pero no se puede visitar por razones de conservación.
En la explanada verde, a los pies del castillo se alzan las viviendas de los trogloditas, huecos en las rocas que configuran el paisaje dándole un aire ancestral; un castillo medieval y un calabozo románico, completan el entorno del Castillo de Commarque. Desde allí volvimos al hotel, ya casi anochecido, para disfrutar de nuestra última noche.
El lunes, dejamos el hotel, no sin antes dar un último paseo por sus jardines, y ya en carretera, nos acercamos a ver el CASTILLO DE MONFORT muy cerca del hotel, construido sobre un espolón rocoso con vistas al valle y a su famoso río; como no se podía visitar dimos un corto paseo por el silencioso y vacío pueblo, de casas de piedra y calles estrechas, para seguidamente encaminarmos al pueblo medieval de COLLOGNE LA ROUGE, antiguo feudo de los condes de Turena, ubicado en medio de un frondoso campo lleno de castaños y nogales.
El pueblo, considerado uno de los más bellos de Francia, nos sorprendió por el singular encanto de sus casas de arcilla rojiza y sus tejados puntiagudos de piedra negra, que nos recordaban los cuentos de nuestra infancia; las calles están muy bien cuidadas y decoradas con parras verdes que contrastan con el rojo que inunda el pueblo y le dan una belleza especial; la presencia de sus numerosas torres fortificadas le han valido el sobrenombre de «Ciudad de las 25 torres», confiriéndole un carácter mágico y señorial.



Caminando por sus bonitas callejuelas pudimos contemplar las fachadas y tejados de pizarra de las suntuosas residencias de los siglos XV y XVI, todas ellas cubiertas de torres y torrecillas; así mismo el mercado de granos y vino del siglo XVI y la Iglesia de San Pedro, construida en piedra arenisca roja entre finales del siglo XI y principios del siglo XII, con su espléndido tímpano del siglo XII esculpido en piedra caliza blanca y su imponente campanario ejemplo del románico lemosín. Posteriormente en el s. XVI fue fortificada y aún hoy conserva vestigios de esta arquitectura defensiva.



No se puede evitar la fascinación que produce pasear por las calles de esta ciudad y descubrir el pequeño Castillo de Vassinhac, con sus elegantes ventanas con parteluces, el Castillo de Benge, con sus restos de matacán y sus graciosas ventanas renacentistas o el Castillo de Maussac, con su precioso pórtico con alero; son algunos de los tesoros arquitectónicos que pueden contemplarse a lo largo del recorrido, que es un viaje a través del tiempo.



Desde aquí nos encaminamos a BEAULIEU SUR DORDOGNA, ciudad llena de encanto de cuyo centro histórico destacaré la Iglesia de San Pedro, fundada en 855 por San Rodolfo, obispo de Bourges; durante el siglo XII se levantó la iglesia actual. La belleza del edificio radica sobre todo en la magnífica portada meridional (s. XII), cuyo nártex cubre un espectacular tímpano decorado con bellísimas esculturas que rodean al Pantocrátor, una de las primeras obras maestras de la escultura románica.




En su interior la nave de cañón, que impresiona por la altura de su techo de piedra, remata con cinco ábsides; la iglesia abacial de San Pedro (s. XII) fue un importante lugar de peregrinación y en el interior de la iglesia, el tesoro custodia una excepcional talla de madera revestida de plata de la Virgen con el Niño (s. XII).



Después de comer frente a la iglesia unas tablas de queso, paseamos hasta el río Dordoña y cruzamos la pasarela desde la que se ve la esclusa que retiene sus aguas para después dejarlas caer mansamente; en este lugar idílico, rodeado de verdor, se veían muchos pescadores disfrutando de la actividad y gente tomando el sol en la extensa explanada rodeada de típicas casas de piedra y madera que el ayuntamiento alquila a sus ciudadanos para su disfrute.



Dejamos este precioso pueblo y nos dirigimos a FIGEAC, una joya de ciudad, con edificios medievales muy bien conservados que combinan la piedra, la madera y el ladrillo rojo al estilo normando. Nos alojamos en el hotel Mercure Novotel, Palacio de los Viguiers du Roy, en el corazón de la zona medieval, antigua residencia de estos nobles que se preciaban de hospedar al rey cada vez que pasaba por la ciudad. Si los arcos y ventanas esculpidas en piedra de su fachada muestran el poder y señorío de sus dueños, el interior cautiva por sus recoletos patios en los que el agua de las fuentes y el verdor de las plantas crean un acogedor ambiente.
A la mañana siguiente, martes, y con la luz del día, paseamos por el palacio y descubrimos rincones de gran belleza, antes de comenzar nuestra visita a la ciudad.



Iniciamos el paseo en la cercana Plaza del Mercado llena de edificios singulares, para llegar a la Oficina de Turismo ubicada en un precioso edificio medieval del s. XIII, antigua Casa de la moneda. Allí nos atendió muy amablemente y en muy buen español, una señora que nos indicó con todo detalle, las distintas posibilidades para visitar la ciudad. Nos informó de que existen por toda la ciudad una serie de señalizaciones y carteles, con llaves numeradas del 1 al 39, que dirigen el recorrido por el casco antiguo; en la oficina de turismo se consigue un folleto por 0,30€, con el plano y las explicaciones para cada uno de los edificios señalados en el circuito de las llaves.



Todos los edificios señalados son interesantes pero destacaré el Museo Champollion que rinde homenaje a Jean-François Champollion, historiador francés nacido en esta ciudad y famoso egiptólogo que consiguió descifrar la escritura jeroglífca, gracias a la Piedra Rosetta; mantiene una exposición permanente de arte egipcio, de los enseres de Champollion y de arte y escritura mesopotámica, las dos cunas del nacimiento de la escritura. En la parte de atrás del Museo, en 1990, se construyó la Plaza de las Escrituras, rodeada de edificios góticos del siglo XIII, que luce en el suelo una inmensa reproducción de la Piedra Rosetta, una obra de Joseph Kosuth, realizada sobre un bloque inmenso de granito negro.


Seguimos paseando por estrechas callejuelas hasta desembocar en una plaza en la que se alzaba la Iglesia abacial de San Sauveur, la iglesia más grande de Figeac y pieza clave del centro histórico. Fue aquí, en 838, donde los monjes benedictinos de Conques fundaron una abadía en el emplazamiento actual de la iglesia. Su estilo arquitectónico viene marcado principalmente por el románico con capiteles bellamente esculpidos del siglo XI, pero ha sufrido notables transformaciones, pasando por el gótico y por el barroco, utilizado éste en la majestuosa decoración de la sala capitular.



Pero Figeac tiene otra importante iglesia, catalogada como Monumento Histórico, la iglesia de Notre-Dame-du-Puy, edificada en la ladera norte del valle de Célé, desde donde domina toda la ciudad. Fue construida en la segunda mitad del siglo XIII con planta de crucero saliente y se completó en el siglo XIV con la incorporación de capillas funerarias. Los siglos posteriores alteraron la fisionomía de la iglesia, sobre todo el siglo XVII, a causa de las guerras de religión que destruyeron parte de la ciudad. Hoy podemos contemplar una iglesia claramente gótica, que conserva elementos románicos. Su gran retablo de nogal tallado de finales del siglo XVII, completamente restaurado, es la pieza central y en particular la pintura que representa la Asunción de la Virgen.




Figeac a lo largo del medievo fue ruta de peregrinos que fomentaron la creación de abadías, alrededor de las cuales se fundaron muchas ciudades que prosperaron, convirtiéndose en vías de comercio para toda Europa. El paso por el medievo de Figeac nos ha dejado un precioso centro histórico que atrae la atención del visitante.



Y abandonamos Figeac para dirigirnos a ROCAMADOUR, un lugar fascinante que impresiona por su situación, encaramado en la roca, a 120 metros sobre el cañón del río Alzou; sus casas se alinean en distintos niveles al borde del acantilado, un pueblo vertical suspendido en la ladera en el que las casas, los tejados y las iglesias parecen formar parte de la roca.

Este pueblo de 630 habitantes es uno de los lugares más visitados de Francia. Se entra por la Puerta fortificada du Figuier y se baja hasta su única calle, la Rue de la Couronnerie, muy muy larga, en la que se concentran las tiendas y restaurantes.



Pero por lo que este lugar es mundialmente conocido es por su conjunto religioso de peregrinación, construido a lo largo de los siglos XI al XII, que ha atraído durante siglos, peregrinos que hacían el Camino de Santiago para venerar a la virgen negra y la tumba de San Amadour.
Los antiguos peregrinos subían de rodillas la escalera de doscientos dieciséis peldaños, que culminaba en un patio alrededor del cual están la Basílica de San Salvador y siete capillas, una de las cuales alberga la imagen de Nuestra Señora de Rocamadour, una Virgen negra del siglo XII. La cripta de la basílica guarda las reliquias de San Amador, que según cuentan, dio nombre al lugar, al ser encontrado en 1162, su cuerpo incorrupto; todo el pueblo es un escenario medieval que se asoma al acantilado y es aquí donde reside su belleza, por ello es uno de los lugares más visitados de Francia, no sólo por su ubicación sino por monumentos tan importantes como la Basílica de Saint-Sauveur y la Cripta Saint Amadour, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.



Una vez disfrutado el conjunto, bajamos las escaleras, esta vez a pie, para llegar a la única calle comercial, llena de restaurantes, de los que escogimos uno que abría su gran terraza al cañón excavado por el rio Alzou, entre la pequeña ciudad de Gramat y el pueblo de Rocamadour.
Después de gozar del paisaje que desde allí se divisaba, emprendimos viaje de vuelta a Figeac, tan sólo a 50 Km de distancia, para cenar en el magnífico hotel, Viguiers du Roy, como auténticos reyes.
El miércoles, dejamos Figeac y nos dirigimos hacia SAINT CIRQ LAPOPIE uno de los pueblos más bonitos de Francia situado en un entorno arquitectónico y paisajístico excepcional, que ha logrado conservar más de una decena de monumentos históricos, entre los que destacaré la Iglesia de Saint Cirq et Sainte Julitte, sus casas de los siglos XII al XV, sus fachadas de piedra y las grandes galerías de madera que seducen a todos los que pasean por sus calles en pendiente, salvando los desniveles y descubriendo rincones de gran belleza.







En lo alto, desde los restos del Castillo medieval, se puede admirar el pueblo y el Valle del Lot, con sus molinos, presas, puertos, esclusas y el famoso camino de sirga, tallado en la roca entre Saint-Cirq Lapopie y Bouziès, a lo largo del río.
Este precioso y acogedor pueblo ha atraído desde antiguo a numerosos artistas y aún hoy en día, es un refugio buscado por personalidades del mundo del arte; de entre los más destacados citaremos a André Breton, líder de los surrealistas, quien pasó todos sus veranos entre 1951 y 1966 en Saint-Cirq-Lapopie, en uno de los edificios más antiguos del pueblo; es por ello que esta casa fue adquirida en el año 2016 por el municipio, para albergar y desarrollar un importante proyecto cultural, el nuevo Centro Internacional del Surrealismo.
El autor, poeta y ensayista, resumió los sentimientos que la belleza del lugar le provocaba, en una bellísima y escueta frase: “Dejé de quererme en otra parte”.


Nosotros compartimos las mismas sensaciones que el escritor y teórico del surrealismo, pero nuestro viaje llegaba a su fin y tuvimos que dejar con pena este impresionante paraje para emprender el camino de vuelta a casa.

Parte del grupo de amigos volvieron a Madrid y otro grupo alargamos el viaje un día más a la región de Occitania, para cumplir un deseo acariciado durante mucho tiempo, conocer ALBI, ciudad patrimonio mundial de la Unesco desde 2010 y su bellísima Catedral de Santa Cecilia.


Llegamos a ALBI, sobre las tres de la tarde y lo primero que hicimos fue dirigirnos a la catedral de ladrillo más grande del mundo, la Catedral de Santa Cecilia, cuya apariencia de fortaleza inexpugnable, contrasta con su interior, un mundo de color que conjuga el azul y blanco de sus paredes, con el oro de su bóveda y el delicadísimo trabajo en piedra caliza. Cuando traspasamos el precioso baldaquino de piedra labrada y pisamos su interior, nos quedamos mudos ante tanta belleza. Me faltan palabras para describir la emoción y el aturdimiento que sentí ante la explosión de color de las pinturas, que desde los pilares hasta la bóveda, de 1509-1512, envuelven al visitante con decoraciones de estilo renacentista italiano sobre un fondo azul intenso, de origen mineral; el uso de materiales como el lapislázuli y el óxido de cobre, explican el excelente estado de conservación de la bóveda realizada por pintores italianos de Bolonia que cubrieron 100 metros de largo por 20 de ancho, sobre un fondo de azul y oro, con pinturas que evocan el cielo alrededor de Cristo en la Gloria.



Si la espectacularidad de la cúpula nos dejó fascinados, qué decir de la gigantesca pintura mural del Juicio Final (1475-1480), fresco pintado sobre el ladrillo que, en su origen, cubría una superficie de unos 200 metros cuadrados, pero que en el siglo XVIII fue demolida en parte, para abrir una puerta en la pared por la que se accediera a una capilla de la torre. La pintura, situada debajo del órgano, está pintada al temple y describe el cielo, la tierra y el infierno, mostrando con toda su dureza el sufrimiento de los que habitan el inframundo, donde los malvados, gesticulan en los compartimentos dedicados a los siete pecados capitales.



El coro, de finales de 1480, es otra de las maravillas arquitectónicas de la Catedral por su delicadísimo trabajo en piedra, su riquísima decoración con estatuas exteriores e interiores que representan Personajes del Antiguo y del Nuevo testamento y el muro labrado de separación, de piedra blanca, una filigrana en piedra que separa la catedral en dos partes: la nave y el coro; más allá de la pantalla de piedra se encuentra el coro de canónigos, una verdadera iglesia dentro de la catedral. El deambulatorio, pasillo que rodea al gran coro, está decorado con 200 estatuas de piedra, -la estatuaria más importante de Francia del final de la Edad Media-, cinceladas por maestros borgoñeses, en las que los detalles de la ropa, la postura, los rasgos faciales o los pliegues de la piel, les otorgan vida propia.







Ya fuera del recinto y todavía impactados por tanta belleza, pudimos contemplar el exterior de La Catedral, que al llegar, apenas habíamos observado por las prisas; porque si algo necesita el visitante para disfrutar de Santa Cecilia, es tiempo, mucho tiempo para deleitarse con cada detalle pictórico, arquitectónico o escultórico.
Por fuera es sumamente original, no parece una catedral, más bien un palacio o fortaleza episcopal por la redondez de sus contrafuertes; fue construido en el siglo XIII con el ladrillo típico de esta zona, conocido con el nombre de «brique foraine«, al igual que la mayoría de las edificaciones del casco histórico. Es de estilo gótico y terminó de construirse entre los siglos XV y XVI. La construcción es imponente, voluminosa, de una gran austeridad, así concebida por razones espirituales, para dar respuesta al desafío de la herejía y mostrar una vuelta de la Iglesia a la pobreza; de este modo la Iglesia mostraba su rechazo a la exuberancia de la arquitectura gótica francesa.



Cuando salimos de la iglesia caía la tarde y la luz que doraba el ladrillo de la magnífica catedral, nos permitió contemplar unas vistas espectaculares del río Tarn, -afluente del Garona-, de sus puentes y de los jardines del Palacio Episcopal de la Berbie, una antigua fortaleza escondida detrás de la Catedral, construida en ladrillo en el siglo XIII y catalogada como Monumento histórico desde 1862; fue incluida en 2010 por la Unesco, en la lista del Patrimonio de la Humanidad; actualmente alberga el Museo Toulouse Lautrec, pintor nacido en esta bella ciudad.

Ya anochecido paseamos por la ciudad medieval disfrutando de sus casa de madera y ladrillo y de sus estrechas calles, para terminar en un restaurante que conocían nuestros amigos, al lado de la Catedral, llamado Le Parvis; el ambiente, la buena comida y el buen servicio hacen de este local un lugar muy recomendable.
A la mañana siguiente, jueves, salimos temprano hacia TOULOUSE para aprovechar la mañana, pues el avión salía a las 17 horas; y lo conseguimos gracias a nuestros amigos, que conociendo bien la ciudad, seleccionaron los monumentos más importantes; la primera visita fue a Saint Sernin, la iglesia románica más grande de Occitania y la segunda más antigua de toda Francia después de la abadía de Cluny; su construcción comenzó en el año 1080 en el mismo lugar donde se alzaba una modesta basílica en el s. V, a la acudían multitud de peregrinos a venerar las reliquias de San Saturnino, mártir tolosano. Todavía se puede visitar hoy la iglesia primitiva, que hace las veces de cripta.




Justo sobre el coro, en el crucero, se levanta una torre campanario de 64 metros de altura y forma octogonal. Está constituido por 5 niveles, construidos en la segunda mitad del siglo XIII; finalmente, en 1478, fue construida una aguja para soportar un globo terminal coronado por una cruz; en el campanario está el carillón, compuesto por 24 campanas.
La segunda visita fue al Convento de los Jacobinos, un edificio del siglo XIII considerado una de las grandes obras del gótico del sur de Francia y uno de monumentos más interesantes de Toulouse. El exterior, al igual que la Catedral de Albi, semeja más una fortaleza que una iglesia, por la sobriedad de sus altos muros de ladrillo, sus estrechas y alargadas ventanas y sus contrafuertes; tan sólo unas gárgolas rompen la austeridad de los muros.


Pero al acceder al interior de la iglesia, advertimos el fuerte contraste con su adusto exterior y quedamos asombrado por la belleza estilizada de sus bóvedas sujetas por esbeltas columnas, que como si fueran palmerales, extienden sus ramas por toda la bóveda; nos chocó comprobar que las paredes eran de piedra y no de ladrillo, como el exterior y es que es un trampantojo, ya que siguen siendo de ladrillo, pero fueron pintadas imitando la piedra para dar más suntuosidad a la iglesia.


Otro de los elementos destacados de la iglesia son las vidrieras que rodean toda la iglesia y que fueron restauradas tras ser destruidas en la época de Napoleón; las que están en la nave sur, tienen cristales de colores cálidos que llenan el interior de la iglesia de todos rojizos y anaranjados cuando el sol entre por ellas, mientras que las que rodean la nave norte, tienen tonos azules y fríos. Y por supuesto, el elemento más estético y bello, su famosa palmera, un pilar de 28 metros de altura que abre sus 22 nervaduras como si de grandes hojas se tratara. Es el pilar más cercano al ábside y la única de la columnas de la iglesia con estas características, que permitió concluir la cabecera del templo y abrir grandes ventanas para dejar entrar luz al interior.

Desde allí nos encaminamos a la Place del Capitole, donde nos sentamos en una de sus terrazas para contemplar desde ella, la majestuosa fachada neoclásica del Capitolio, de 1750, salpicada de ladrillos rojos que alternan con detalles ornamentales de caliza blanca y pilares de mármol rosa; es la sede del Ayuntamiento y en su interior se encuentran un teatro, el auditorio de la ópera y de la orquesta sinfónica y grandes salones decorados con espléndidas pinturas; desde que se construyó en el siglo XII, ha sido el lugar desde el que se ha ejercido el poder, por lo que ha sufrido numerosas modificaciones que lo han tranformado y embellecido a lo largo de los siglos. En la parte trasera del edificio podemos contemplar la estructura antigua del Capitolio y su torreón de inspiración flamenca, construido en 1525, cuya apariencia defensiva hace que los tolosanos la llamen «Donjon» (Torreón).

Y aquí terminó un viaje por la historia, que nos ha permitido desplazarnos desde el Paleolítico y las cuevas de las pinturas rupestres, transitando todas las manifestaciones artísticas, -románico, gótico, renacimiento, barroco, neoclásico-, hasta nuestro tiempo, en el que la alta tecnología impera y se exhibe en espacios multidisciplinares; un recorrido inolvidable, en el que también hemos disfrutamos de paisajes asombrosos, de pueblos de cuento, degustado una riquísima gastronomía y beneficiado de una cultura de gran diversidad que nos ha enriquecido a todos. Nuestros amigos, siempre generosos, nos llevaron al aeropuerto de Toulouse, desde el que volamos a Madrid con la maleta llena de recuerdos.