«Los abismos», Pilar Quintana

 Uno de los universos más complejos  y  fascinantes  es  el de la infancia, sencillo  y manejable en apariencia  pero   ininteligible  y equívoco por los pensamientos, preguntas y especulaciones que se generan en la mente infantil. La  novela de Pilar Quintana, –escritora colombiana reconocida y galardonada por la crítica dentro y fuera de su país-,  nos introduce  en este mundo de la mano de una niña de 8 años, Claudia,  pequeña que intenta comprender su entorno  familiar para ir conformando  su propio yo; un mundo asentado en presuntas certezas que se van a ir desmoronando una a una,  para dar paso a un abismo personal,  alimentado con los abismos de los miembros de su propia familia; Claudia se comporta como una espectadora de la función rutinaria que cada día se representa en su casa, un escenario en el  que ella es  personaje ambiental,   siempre  presente  pero sin papel protagonista,  -al menos para su madre-, convirtiéndose por ello en  parte de la escenografía boscosa, de una casa repleta de plantas que asfixian el espacio familiar pero que dan respiro a las enfermedades del alma de su madre.  

Va a ser Claudia la que narrará en primera persona,  con su  voz infantil de 8 años, una etapa de su infancia en la que  va tomando conciencia de  los silencios de un padre volcado en el  negocio familiar y de las  carencias afectivas que sufre por parte de una madre, extraviada entre el cuidado de las plantas y  la lectura de   revistas del corazón, actividades   que ocupan gran parte de su tiempo.

La autora desde el recuerdo,  evoca sentimientos y  miedos infantiles, -la enfermedad, la muerte, el infinito-,  y los pone en  boca de Claudia,     una niña sensible, observadora y dotada de una aguda inteligencia,  capaz de acomodarse al desapego de su madre, una realidad que le produce angustia y un sentimiento de invisibilidad, soledad y abandono sobrecogedor, que acepta sumisamente para  mantener  la frágil  paz  familiar.

Mi segundo recuerdo es en la cama de mis papás. Mi mamá y yo, ella con su revista y yo dando brincos. 

 —Mamamamamamamama. De pronto el estallido:  

   —¡Carajo, niña! ¡¿No te podés estar quieta?!

 Mi mamá en la cama con su revista y yo alzándole la camisa para hacerle burbujas en la barriga.     —¡¿Tenés que estar encima de mí todo el tiempo?!

Yo dándole besitos en el brazo.    

—¡Dejame en paz aunque sea un minuto, Claudia, por Dios!

 Mirándola, mientras ella se peinaba en el tocador. Su pelo largo y liso de color chocolate, un pelo que daban ganas de acariciar.    

—¿Por qué no te vas para tu cuarto?    

 Pilar Quintana  pone el acento  en los personajes femeninos que consciente o inconscientemente,  influyen sobre  Claudia niña;  mujeres reales, cercanas a su vida,  como la madre de su papá que murió de parto a los 16, su abuela materna que se casó sin amor para  asegurarse una vida confortable, su tía Amelia o su madre tocaya Claudia,  a la que,  -ya en los años 80-,  prohibieron  ir a la universidad empujándola  a repetir el error de su madre y casarse a los 19 años con un señor de 40, del que tuvo una hija no deseada;   las amigas de su madre, –Gloria Inés  y Rebeca-, un tipo de mujeres de clase media que sufren  unos condicionamientos sociales que las someten y anulan, negándoles la  libertad de elegir;  y otras mujeres  del papel couché,  arquetipos  deseados,  lejanos y engañosos,   que se convertirán en modelos inalcanzables para Claudia madre y cuyas desdichadas historias  se colarán como referentes en el mundo de la niña;  todas ellas han caído en el abismo y Claudia niña,  no es capaz de desentrañar las causas,  pero sí,  reconoce los síntomas que llevan a su madre a esconderse entre las plantas, las revistas o la bebida,  universos paralelos en los que sobrevive  a la monotonía y al desamor para huir de su atracción por  el vacío.

Claudia es consciente de que no responde a las expectativas estéticas de su madre,  alimentadas en  las fotos de las revistas…  Cinco rubias de ojos claros, altas y saludables. Las niñas con dos trenzas iguales a las que debieron llevar sus mamás de chiquitas. Las mamás con el pelo suelto, una liso y con capul, lo mismo que Bo Derek, y la otra con voluminosas capas a lo Farrah Fawcett… y sufre los comentarios que su madre desliza sin considerar el daño que le ocasionan… Debías tener tres o cuatro años y las vimos de pasada. Vos, que no te podías estar quieta ni un segundo, andabas desbaratada. Sucia de tierra, chocolate o alguna cosa, con el pelo cortico de gamín, porque no te crecía. Ellas, en cambio, divinas. Con unos vestidos hermosos y los pelos largos, peinados como para una fiesta. Las niñas y también las mamás. Qué cosa con esas mujeres —suspiró—, son unas muñecas. Mariú, que es muy generosa, dijo que eras bonita.

La conciencia de no pertenecer al mundo perfecto ansiado por su madre,  lleva a Claudita a imaginarla feliz, en otro mundo,   casada con Patrik, el hermano atractivo y mundano de su amiga Rebeca, llevando una vida aventurera, libre,  sin  ataduras de  hijos, disfrutando de sus bellas y rubias sobrinas  Mariú y LilianaEran tan lindas. Mi mamá podría haber sido tía de ellas. Una tía aventurera, una mujer sin hijos, enamorada de su marido y satisfecha con la vida, que adoraba a sus sobrinas y les traía regalos de sus viajes por el mundo… y a  desear vivamente,  ser como esas  niñas blancas,  de cabellos dorados que vio en un álbum de fotos de la  biblioteca.

En esa confrontación entre el mundo de la realidad y el de los sueños,  busca consuelo en  Paulina, una muñeca confidente y compañera que, como las otras mujeres del relato, acabará siendo una muñeca rota. Porque ésta es una historia de mujeres abatidas, que quieren desaparecer, que se sienten tentadas por el abismo y luchan contra sus tendencias suicidas,  ahogando sus frustraciones en la bebida y en la pérdida de la consciencia…  Pensé en las mujeres muertas. Asomarse a un precipicio era mirar en sus ojos. En los de Gloria Inés, igual de altiva que una yegua y más tarde reventada contra el andén. Miré a mi mamá, que estaba inclinada como yo hacia el abismo.

Entre las técnicas más acertadas de Pilar Quintana destacaremos  haber escogido la voz de la niña Claudia  para contar una experiencia infantil que aporta a la NARRACIÓN, verdad y ternura;  y  utilizar con gran economía y calidad literaria  la DESCRIPCIÓN, con la que   explica, tanto lo que ocurría cada día en su hogar, como los placenteros paseos con su padre por las calles de Cali o las tiendas a la que acompañaba a su madre… Comíamos chontaduro, mango biche, grosellas, raspado, pastelitos de queso en el Rincón de la Abuela o helado de máquina en Dari, que tenía mesas afuera. Nos sentábamos y, mientras yo lamía mi helado, ella movía la pierna con impaciencia…; o la vida en el  campoNos cruzamos con otra pareja de caminantes, unos viejos con sombreros y bastones, un campesino que cargaba un pesado bulto en los hombros y una cabalgata de muchachos fiesteros que llevaban una grabadora gigantesca, con música en inglés, y se pasaban una caneca de aguardiente. Vimos una banda de periquitos verdes con marcas azules alrededor de los ojos, una vaca solitaria que pastaba en un terreno sin árboles y dos quebradas de peñas grandes y aguas ruidosas como un grupo de gente brava..., no siempre idílica, envuelta no pocas veces en una neblina amenazante que oculta los abismos.

El segundo acierto, está ligado a la teatralidad de la novela. Incluso su ESTRUCTURA en cuatro partes, presenta sesgos teatrales que nos hablan de una presentación, un nudo de dos partes y desenlace final abierto al futuro; por ello incorpora a la narración técnicas del texto dramático, como los APARTES, un recurso por el que un personaje habla consigo mismo,  simulando pensar en voz alta para que se enteren los lectores y  añadir  detalles significativos del momento descrito. Lo vemos en muchos momentos especialmente cuando la niña se dirige a su madre sin ser escuchada…

Porfirio me va a llevar a una tienda donde venden Sandys.

-No reaccionó. Soltó un gruñido que podía significar cualquier cosa.

-¿Sí puedo ir?

Nada

-¿Mamá?

Nada

-¡Mamá!

Y las  ACOTACIONES,  otro recurso teatral, que extiende  a la narración y a los diálogos en los que Claudita, como una directora de escena, transmite al lector pormenores que considera imprescindibles.

— Gracias, Anita.

Sonrisa tímida

—Muy ricos los fríjoles.

Sonrisa tímida.

DIÁLOGOS de  Claudia niña, con su amiga y su tía, que se van convirtiendo en MONÓLOGOS,  cuando la interlocutora es su madre o   su muñeca Paulina; momentos desgarradores que dejan al descubierto el dolor infantil y  que alcanzan un alto grado de belleza  e intimismo, -a pesar de su  crudeza-,  gracias a la elaboración poética a  que son sometidos por la autora.

La respuesta a su mundo de inseguridades son los silencios. La niña  escudriña a su madre,  sugestionada por las muertes de famosas y amigas, -que tan a la ligera describe a su hija-, y vigila sus reacciones por si siente la llamada del abismo. De esa observación  angustiosa  nace el momento más  dramático y perturbador de toda la novela…

Se giró. Era ella. Sana y completa.

—¿Qué hacés?

—Salí a dar un paseo.

En medio de la noche, en piyama y sin zapatos, como Natalie Wood.

—Nunca había venido a este lado de la finca.Un precipicio de muchos metros.

—Hace tiempos que vos y yo no vamos a caminar, ¿cierto?
Ella sí lo supo hacer bien.Entonces lo vi en sus ojos. El abismo dentro de ella, igual al de las mujeres muertas, al de Gloria Inés, una grieta sin fondo que nada podía llenar
.

—Este lugar es perfecto para desaparecer.

La voz le salía torcida, de borracha. Tenía un vaso en la mano. Se tambaleó. Adelanté un paso y la cogí por el antebrazo, tan flaco que casi lo rodeé: Karen Carpenter.

—Vamos para la casa, mamá.

—Mañana salimos las dos. Te lo prometo.

El precipicio estaba detrás de ella, a dos pasos. Aunque por la neblina no se viera, estaba allí, tan profundo como el de la princesa Grace. Podía sentir su fuerza, el hilo que desde abajo tiraba de ella.

Y  también el   más lírico y emotivo. La gravedad del instante deja un poso de desasosiego en el lector sólo atenuado por el tratamiento sutil y sereno  que la autora da al momento  trancendental que comparten madre e hija.

Pilar Quintana solventa estas graves situaciones  de una manera exquisita, expresando emociones que impactan en la sensibilidad del lector a través de   figuras retóricas como la metáfora que pone en relación «la selva» que ocupa el hogar de las Claudias, con «el  ánimo» maltrecho de Claudia madre; esta selva que alimenta  su alma quebradiza, se va a ir agostando y  perdiendo las  hojas al tiempo que ella se va abandonando; la historia que comenzó en el hogar-selva, termina en el mismo lugar como si nada hubiera pasado. Pero sí ha sucedido, han recorrido un doloroso viaje en el que ambas se han enfrentado a distintos abismos de los que han salido reforzadas. Por ello la autora apuesta por la esperanza y da una nueva oportunidad a las dos Claudias,  cerrando  el círculo metafórico con el reverdecer de los guayacanes que inundan el salón familiar y el abandono de la bebida de  Claudia madre.   Hay expectativas en el mundo infantil de Claudita y quizá, -quién lo sabe-,  en el de su madre.

Mi mamá respiraba despacio y estaba acurrucada en la cama, con la sábana encima, aunque hacía calor. Se veía pequeña, una anciana en las últimas, como si durante mis horas en el colegio se hubiera consumido y de su vida no quedara más que esa lenta respiración.Desde el velorio de Rebeca ella no tomaba whisky. Tampoco antialérgicos. No andaba con la nariz roja, la voz gangosa ni cajas de clínex. Me giré hacia el corredor para examinar, a través del ventanal, el estado de los guayacanes. No estaban florecidos. Tampoco pelados. Habían reverdecido y en cada rama tenían brotes nuevos.

————————————————————————–

Pilar Quintana es una escritora colombiana nacida en Cali, en 1972. Estudió comunicación social en la Universidad Javeriana de Bogotá y   trabajó como libretista de televisión y redactora de textos para publicidad.

En 2007 fue elegida como una de las 39 escritoras menores de 39 años más destacados de América Latina por el “Hay Festival”.

Su labor literaria se ha centrado en cinco novelas y  una colección de cuentos “Caperucita se come al lobo”, publicada en Santiago de Chile en  2012;  como cuentista ha colaborado durante años, en numerosas antologías de Latinoamérica, España, Italia Alemania, Estados Unidos y Filipinas.

Su producción no es muy extensa pero sí muy reconocida por una crítica que la ha galardonado en numerosas ocasiones. Su novela «Coleccionistas de polvos raros» publicada en 2010, recibió el premio La Mar de Letras, otorgado por el festival La Mar de Músicas de Cartagena, España. En 2018 por  su novela «La perra«, además de quedar finalista en numerosos premios, recibió el IV Premio Biblioteca de Narrativa Colombiana. Y  en 2021 ganó el XXIV Premio Alfaguara de novela con la obra que hoy recomendamos  titulada «Los abismos«, un libro en el que trata las relaciones familiares desde la perspectiva de una niña.

Lidera y edita el Proyecto Biblioteca de Escritoras Colombianas,   rescatando obras de autoras colombianas que estaban descatalogadas o no habían tenido la divulgación que merecían.  Actualmente, Quintana trabaja en su segunda edición, un trabajo que en palabras de la autora… es  significativo para mí como escritora, porque me ha permitido conocer mi tradición literaria y reconocerme en ella”.

Un comentario sobre “«Los abismos», Pilar Quintana

Deja un comentario