Títeres en el Quijote. El Retablo de maese Pedro y el mono adivino. Romance de Don Gaiferos y Melisendra

Llega Abril  y la sombra de Cervantes  y su Quijote, se extiende luminosa entre todos los que nos encontramos en sus palabras; en esta ocasión, nos vamos a acercar a los capítulos XXV, XXVI, y XXVII, -segunda parte-,  cuya lectura nos descubre aspectos de la  personalidad de nuestro caballero, no percibidos en la primera parte, o cuanto menos, no  verbalizados;   en ellos se cuenta la llegada de  don Quijote y Sancho a una venta,  en un momento en el que el caballero pasa por una situación anímica de gran incertidumbre y desasosiego, provocada por sus recelos sobre si fueron reales o imaginarias las experiencias vividas en el capítulo XXII, -segunda parte-, dentro de la Cueva de Montesinos.  Este nuevo estado de ánimo   del caballero coincide con la llegada a la misma venta de  maese Pedro, su retablo de títeres y su mono adivino, al que se acercará para resolver  los escrúpulos que le perturban…Preguntó luego don Quijote al ventero qué mase Pedro era aquel y qué retablo y qué mono traía. A lo que respondió el ventero: (…)… Trae asimismo consigo un mono de la más rara habilidad que se vio entre monos ni se imaginó entre hombres, porque, si le preguntan algo, está atento a lo que le preguntan y luego salta sobre los hombros de su amo y, llegándosele al oído, le dice la respuesta de lo que le preguntan, y maese Pedro la declara luego.

Estas dudas van más allá del juego realidad-ficción que los personajes de la novela y los lectores han resuelto desde el principio. La cuestión realmente dolorosa es que es el propio  don Quijote quien recela y duda de la veracidad de lo ocurrido en la Cueva de MontesinosDon Quijote le comunicó su pensamiento y le rogó preguntase luego a su mono le dijese si ciertas cosas que había pasado en la cueva de Montesinos habían sido soñadas o verdaderas, porque a él le parecía que tenían de todo. A lo que maese Pedro, sin responder palabra, volvió a traer el mono, y, puesto delante de don Quijote y de Sancho, dijo:

—Mirad, señor mono, que este caballero quiere saber si ciertas cosas que le pasaron en una cueva llamada de Montesinos, si fueron falsas, o verdaderas.Y haciéndole la acostumbrada señal, el mono se le subió en el hombro izquierdo, y hablándole al parecer en el oído, dijo luego maese Pedro:

—El mono dice que parte de las cosas que vuesa merced vio o pasó en la dicha cueva son falsas, y parte verisímiles, y que esto es lo que sabe, y no otra cosa, en cuanto a esta pregunta; y que si vuesa merced quisiere saber más, que el viernes venidero responderá a todo lo que se le preguntare, que por ahora se le ha acabado la virtud, que no le vendrá hasta el viernes, como dicho tiene.(…)

El cinismo y  el humor están presente en la situación burlesca del mono adivino, y aún más, en  las palabras del propio maese Pedro, al señalar la temporalidad de la virtud adivinatoria del mono, nada chocante si descubrimos que  este personaje,  al que don Quijote no reconoció… Olvidábaseme de decir como el tal mase Pedro traía cubierto el ojo izquierdo y casi medio carrillo con un parche de tafetán verde, señal que todo aquel lado debía de estar enfermo…, no es otro que  aquel   Ginés de Pasamonte  o Ginesillo de Parapilla que conocimos en el cap XXIII , -primera parte-,   un delincuente  al que don Quijote, dio libertad junto a otros galeotes (hombres condenados a trabajos forzado en galeras) y que posteriormente,  robó el rucio de Sancho en Sierra Morena.

Don Quijote no encuentra sosiego en  las  artes adivinatorias del mono y confiesa a Sancho su desconfianza, a pesar de haber adivinado quién era y su profesión de caballero andante… ¿qué persuasión fuera bastante para persuadirme que hay monos en el mundo que adivinen, como lo he visto ahora por mis propios ojos? Porque yo soy el mesmo don Quijote de la Mancha que este buen animal ha dicho, puesto que se ha estendido algún tanto en mis alabanzas…, concluyendo que el tal  maese Pedro tenía un pacto con el demonio.

El soplo de cordura que ha desestabilizado a don  Quijote, ha sido un espejismo que se va a desbarata en los dos capítulos siguientes,  cuando asisten al Retablo de maese Pedro para presenciar la representación del famoso romance del ciclo  carolingio, La libertad de Melisendra…Este es un famoso titerero, que ha muchos días que anda por esta Mancha de Aragón enseñando un retablo de la libertad de Melisendra, dada por el famoso don Gaiferos.

Cervantes recoge de la tradición, los romances de ciego y los romances de cordel que gozaron de gran popularidad en la península ibérica  a lo largo de los siglos de Oro;   difundidos por Transmisión oral o en Cancioneros y Pliegos sueltos, los romances de tema carolingio fueron muy del agrado del público.

Y no sólo el autor transmite los textos, sino la manera en que fueron  difundidos  y representados  por cantores y recitadores ambulantes; maese Pedro se sirve de su carreta para colocar el retablo, rodeándolo  de  candelillas de cera encendidas  y  propiciando la tensión dramática con ruidos de campanas, atabales y trompetasSe metió maese Pedro dentro del retablo, que era el que había de manejar las figuras del artificio, y fuera se puso un muchacho… (…) Mientras maese Pedro manipulaba sus marionetas, el muchacho iba explicando la historia y señalando con una varilla las diversas figuras explicando  el romance que cuenta cómo libertó don Gaiferos a su esposa Melisendra...; a través del criado de maese Pedro iremos conociendo a la bella Melisendra, esposa de D. Gaiferos,  cautiva en poder de moros, recluida  en una de las torres del alcázar de la ciudad musulmana de Sansueña,   con la mirada perdida  en el camino de Francia y puesta la imaginación en París; Don Gaiferos, su esposo, que se demora en defender su honra e ir a rescatarla de su cautiverio;  al   emperador Carlomagno, padre de Melisendra, que se lo recrimina y obliga a salir en su búsqueda;  a don Roldán,  tío de Gaiferos, al que  pide prestada su espada Durindana, sin éxito; y al  rey Marsilio de Sansueña, que castiga la insolencia de un  moro que ha robado un beso a la bella Melisendra.

Y llega el momento culmen del reconocimiento, con  la llegada de Gaiferos a caballo, cubierto con una capa gascona, que al ser retirada, comprendemos por los ademanes alegres de Melisendra,  que ella le ha conocido, procediendo a  descolgarse del balcón para ponerse en las ancas del caballo de su buen esposo… y luego de un brinco la pone sobre las ancas de su caballo, a horcajadas como hombre, y la manda que se tenga fuertemente y le eche los brazos por las espaldas, de modo que los cruce en el pecho, porque no se caiga, a causa que no estaba la señora Melisendra acostumbrada a semejantes caballerías.

Como los antiguos juglares, el criado de maese Pedro,  hará partícipe de la historia al público asistente, con las llamadas de atención juglarescas, fórmula con la  que además de involucrar a los asistentes,  mantiene viva su atención…  Veis también cómo los relinchos del caballo dan señales que va contento con la valiente y hermosa carga que lleva en su señor y en su señora.  Veis cómo vuelven las espaldas y salen de la ciudad y regocijados toman de París la vía. Miren cuánta y cuán lucida caballería sale de la ciudad en siguimiento de los dos católicos amantes, cuántas trompetas que suenan, cuántas dulzainas que tocan y cuántos atabales y atambores que retumban. Témome que los han de alcanzar y los han de volver atados a la cola de su mismo caballo, que sería un horrendo espetáculo.

Y aquí comienza uno de los momentos más hilarantes de la representación,  por lo esperpéntico,  pues don  Quijote,  convencido de que los amantes corren peligro en su huida, decide impedir la supuesta amenaza, lanzándose sobre el Retablo,  destruyendo las marionetas y  no dejando, -y nunca mejor dicho-,  títere con cabeza.

Viendo y oyendo, pues, tanta morisma y tanto estruendo don Quijote, parecióle ser bien dar ayuda a los que huían, y levantándose en pie, en voz alta dijo:

—No consentiré yo que en mis días y en mi presencia se le haga superchería a tan famoso caballero y a tan atrevido enamorado como don Gaiferos. ¡Deteneos, mal nacida canalla, no le sigáis ni persigáis; si no, conmigo sois en la batalla!

Y, diciendo y haciendo, desenvainó la espada y de un brinco se puso junto al retablo, y con acelerada y nunca vista furia comenzó a llover cuchilladas sobre la titerera morisma, derribando a unos, descabezando a otros, estropeando a este, destrozando a aquel…;

Daba voces maese Pedro, diciendo:

—Deténgase vuesa merced, señor don Quijote, y advierta que estos que derriba, destroza y mata no son verdaderos moros, sino unas figurillas de pasta. Mire, ¡pecador de mí!, que me destruye y echa a perder toda mi hacienda.

Mas no por esto dejaba de menudear don Quijote cuchilladas, mandobles, tajos y reveses como llovidos. Finalmente, en menos de dos credos, dio con todo el retablo en el suelo, hechas pedazos y desmenuzadas todas sus jarcias y figuras…(…)…hasta el mesmo Sancho Panza tuvo pavor grandísimo, porque, como él juró después de pasada la borrasca, jamás había visto a su señor con tan desatinada cólera…

Hecho, pues, el general destrozo del retablo, sosegóse un poco don Quijote y dijo: Miren, si no me hallara yo aquí presente, qué fuera del buen don Gaiferos y de la hermosa Melisendra: a buen seguro que esta fuera ya la hora que los hubieran alcanzado estos canes y les hubieran hecho algún desaguisado. En resolución, ¡viva la andante caballería sobre cuantas cosas hoy viven en la tierra!

«El retablo de maese Pedro» es otro  de los episodios  que evidencian  la locura del hidalgo manchego, ya que éste interpreta la ficción  del romance como una realidad, confundiendo  la historia representada  con una situación verídica, que le impulsa a  actuar según las leyes de la orden caballeresca.

El autor da un paso más al convertir el  “Romance de Don Gaiferos y Melisendra” en material literario, –función metaliteraria-, además de utilizar la técnica de  “el teatro dentro del teatro”, por la que inserta  una representación en otra representación dramática, de tal manera que se produce un intercambio recíproco de papeles entre actores y espectadores.  Don Quijote, interactúa con los actores/marionetas,  aniquilando a los perseguidores de la pareja de esposos. La situación por verosímil, afecta a la percepción de Don Quijote, que habiendo  confundido en tantas ocasiones la realidad con la ficción, en este caso confunde la ficción con la realidad.

Celebremos la semana cervantina releyendo los capítulos XXV, XXVI y XXVII, Parte II, y disfrutemos con su humor, con su ternura y su sabiduría, extrayendo de  entre sus líneas las lecciones de vida que nos ayudarán  a profundizar en los recovecos del alma humana,  anhelos  e  inseguridades que, tantas veces, nos hacen distorsionar la realidad.

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